de los sueños se corresponden demasiado bien como para no ser puestos en relación el uno con la otra. El curso de pensamiento que convierte la sensación orgánica vegetativa en creadora de sueños tiene además para el médico el otro atractivo de permitir unir también etiológicamente el sueño y la alteración mental, que muestran tanta concordancia en sus manifestaciones, pues a las alteraciones de la cenestesia y a los estímulos que parten de los órganos internos también se les atribuye un significado de gran alcance para el origen de las psicosis. Por eso no es de extrañar que la teoría de los estímulos corporales pueda remontarse a más de un autor que la formuló de manera independiente.
Para una serie de autores se volvió determinante el hilo de pensamiento que el filósofo Schopenhauer desarrolló en el año 1851. La imagen del mundo se origina en nosotros debido a que nuestro intelecto vierte las impresiones que le llegan del exterior en las formas del tiempo, del espacio y de la causalidad. Los estímulos provenientes del interior del organismo, del sistema nervioso simpático, ejercen de día, a lo sumo, una influencia inconsciente en nuestro estado de ánimo. De noche, en cambio, cuando ha cesado el efecto ensordecedor de las impresiones diurnas, aquellos estímulos que ascienden desde el interior logran hacerse notar, de manera similar a como de noche oímos manar la fuente que el ruido del día hacía imperceptible. Pero ¿cómo va a reaccionar el intelecto ante estos estímulos si no es cumpliendo su función propia? Por lo tanto, transformará los estímulos en figuras que llenan el espacio y el tiempo, las cuales se desplazan guiadas por el hilo conductor de la causalidad, y así surge el sueño. En la relación más estrecha entre los estímulos corporales y las imágenes oníricas intentaron penetrar entonces