Que de este libro, de difícil lectura, haya sido necesaria una segunda edición antes de cumplirse su primera década, no se lo debo al interés de los círculos profesionales a los que me había dirigido en las líneas precedentes.
Mis colegas de la psiquiatría no parecen haberse tomado la molestia de superar el desconcierto inicial que mi novedosa concepción del sueño podía suscitar, y los filósofos de profesión, que están por lo demás habituados a despachar los problemas de la vida onírica como un apéndice de los estados de conciencia con unas pocas frases —las más de las veces las mismas—, al parecer no han advertido que precisamente por este extremo se puede sacar a la luz toda suerte de cosas capaces de conducir a una reforma radical de nuestras doctrinas psicológicas.
La actitud de la crítica literaria científica solo podía justificar la expectativa de que el destino de esta obra mía fuera el silencio absoluto; tampoco la pequeña cohorte de fieles partidarios que siguen mi guía en el manejo médico del psicoanálisis y que, a ejemplo mío, interpretan sueños para servirse de estas interpretaciones en el tratamiento de los neuróticos habría agotado la primera edición del libro.
Me siento, pues, en deuda con ese más amplio círculo de personas cultas y ávidas de saber cuya participación me ha brindado el estímulo para emprender de nuevo, al cabo de nueve años, esta difícil labor fundamental para tantas cosas.
Me alegra poder decir que he encontrado poco que cambiar. He insertado material nuevo aquí y allá, he añadido algunas percepciones aisladas fruto de mi experiencia acrecentada, he intentado realizar reelaboraciones en unos pocos puntos; sin embargo, todo lo esencial