príncipe danés, a cuya locura se refiere el perspicaz juicio aquí citado. Estos autores deben de haber evitado juzgar por las apariencias, o la apariencia que el sueño les ofrecía era otra.
Así valora Havelock Ellis (1899) el sueño, sin querer detenerse en su aparente absurdidad, como «an archaïc world of vast emotions and imperfect thoughts», cuyo estudio podría darnos a conocer fases primitivas del desarrollo de la vida anímica.
J. Sully (p. 362) sustenta la misma concepción del sueño de un modo todavía más abarcador y profundamente penetrante. Sus afirmaciones merecen tanta más atención si añadimos que estaba convencido, quizá como ningún otro psicólogo, del sentido velado del sueño.
»Now our dreams are a means of conserving these successive personalities. When asleep we go back to the old ways of looking at things and of feeling about them, to impulses and activities which long ago dominated us.«
Un pensador como Delboeuf afirma –ciertamente sin aportar la prueba frente al material contradictorio y, por tanto, en realidad sin razón:
»Dans le sommeil, hormis la perception, toutes les facultés de l’esprit, intelligence, imagination, mémoire, volonté, moralité, restent intactes dans leur essence; seulement, elles s’appliquent à des objets imaginaires et mobiles. Le songeur est un acteur qui joue à volonté les fous et les sages, les bourreaux et les victimes, les nains et les géants, les démons et les anges« (p. 222).
El marqués d’Hervey parece haber negado con mayor enérgía la reducción del rendimiento psíquico en el sueño, en contra de quien Maury polemiza vivamente y cuyo escrito, a pesar de todos mis esfuerzos, no he podido conseguir. Maury dice de él (p. 19):