conseguir a petición mía:
»Mi marido ha sacado con la mano de un canalón unos gorriones jóvenes que aún estaban completamente mojados y yo le he dicho que no lo haga. Con uno de ellos, que ya era más grande, he jugado; me ha volado a la mano y me ha pinchado en el dedo con un gran aguijón, que era como una cola o como un pico, de modo que he gritado: ¡Ay, no! ¡Si eso duele! – Después, mi marido ha cogido a uno de los gorriones jóvenes y ha dicho que también se pueden comer. Pero a mí me daba asco y he vomitado.«
La claridad de este lenguaje onírico121, que solo podría empeorar con un comentario, cobra aún un interés especial por la coincidencia en algunos detalles con el sueño del marido, de los cuales el vómito apunta a una experiencia desagradable común, mientras que el pinchazo en el dedo sugiere que debieron de haberse producido manipulaciones mutuas o autoeróticas en los genitales.
La deformación de los sueños en la tradición mítica.
Las concordancias son tan evidentes y se extienden de manera tan amplia a las condiciones previas y a los detalles, que resultan superfluas su mención y discusión especiales. En cambio, no se puede pasar por alto una diferencia notable: a saber, que este sueño, completamente análogo al primero, proviene de la mujer, mientras que en Saxo lo sueña el hombre. Pero esta contradicción pierde su aparente significado si recordamos, a partir del ejemplo recién comunicado, que bajo las circunstancias dadas ambas personas involucradas tienen evidentemente imágenes oníricas correspondientes a la situación, y que para una versión que cuidara el pudor femenino122 era muy obvio atribuir un sueño —por así decirlo, compartido— al hombre. En favor de la