—Ya es hora —dijo mi padre, dirigiéndose por igual a mi tío Toby y a Yorick— de sacar a esta criatura de las manos de estas mujeres y ponerla en las de un tutor privado.
Marco Antonino proveyó catorce tutores de una sola vez para superintender la educación de su hijo Cómodo,—y en seis semanas destituyó a cinco de ellos;—bien sé yo —continuó mi padre— que la madre de Cómodo estaba enamorada de un gladiador por el tiempo de su concepción, lo cual explica muchísimas de las crueldades de Cómodo cuando llegó a emperador;—mas sigo opinando que esos cinco a quienes Antonino despidió le hicieron al carácter de Cómodo, en ese breve tiempo, más daño del que los otros nueve pudieron remediar en toda su vida.
Ahora, al considerar a la persona que ha de estar en torno a mi hijo, como el espejo en el que ha de mirarse de la mañana a la noche, y por el cual ha de ajustar su semblante, su porte y tal vez los más íntimos sentimientos de su corazón;—quisiera uno, Yorick, de ser posible, pulido en todos los aspectos, apto para que mi hijo se mire en él.⸺Esto tiene mucho sentido, se dijo mi tío Toby en voz baja para sus adentros.
⸺Hay, continuó mi padre, cierto continente y movimiento del cuerpo y de todas sus partes, tanto al actuar como al hablar, que denota a un hombre bien provisto por dentro; y no me extraña en absoluto que Gregorio Nacianceno, al observar los gestos apresurados y desmañados de Juliano, pronosticara que algún día se convertiría en un apóstata;—ni que San Ambrosio echara a su amanuense de patitas en la calle a causa de un indecente movimiento de cabeza, que iba de atrás adelante como un mayal;—ni que Demócrito juzgara que Protágoras era un erudito al verle atar un haz de leña e introducir, mientras lo hacía, las ramitas pequeñas hacia dentro.—Hay mil rendijas inadvertidas, continuó mi padre, que permiten a una mirada penetrante colarse de un golpe en el alma de un hombre; y lo mantengo, añadió, que un hombre sensato no deja el sombrero al entrar en una habitación,—ni lo coge al salir de ella, sin que se le escape algo que lo delate.
Por estas razones, continuó mi padre, el gobernador que elija no ceceará, ni será estrávico, ni guiñará el ojo, ni hablará alto, ni tendrá aspecto feroz o tonto;—ni se morderá los labios, ni rechinará los dientes, ni hablará por la nariz, ni se la escarbará, ni se la sonará con los dedos.—
No andará deprisa, ni despacio, ni cruzará los brazos, pues eso es pereza; ni los dejará caer, pues eso es necedad; ni los esconderá en el bolsillo, pues eso es absurdo.⸺
Él no deberá ni golpear, ni pellizcar, ni hacer cosquillas,—ni morder, ni cortarse las uñas, ni hacer carraspera, ni escupir, ni sorber los mocos, ni tamborilear con los pies o los dedos en compañía;⸺ni (según Erasmo) deberá hablar con nadie al orinar,—ni señalará a la carroña o a los excrementos.⸺Ahora bien, todo esto vuelve a ser una tontería, se dijo mi tío Toby para sus adentros.⸺
—Lo tendré, —continuó mi padre—, alegre, faceto, jovial; al mismo tiempo, prudente, atento a los negocios, vigilante, agudo, arguto, inventivo, rápido en resolver dudas y cuestiones especulativas;—será sabio, y juicioso, y culto:—¿Y por qué no humilde, y moderado, y de genio apacible, y bueno? —dijo Yorick:—¿Y por qué no —exclamó mi tío Toby—, libre, y generoso, y liberal, y valiente?—Lo será, mi querido Toby, —replicó mi padre, levantándose y estrechándole la mano.—Entonces, hermano Shandy, —respondió mi tío Toby, incorporándose de la silla y dejando la pipa para tomar la otra mano de mi padre—, te suplico humildemente que me permitas recomendarte al hijo del pobre Le Fever;—una lágrima de alegría de la mejor agua brilló en el ojo de mi tío Toby, y otra, su compañera, en el del cabo, al formularse la propuesta;—ya verás por qué cuando leas la historia de Le Fever:—¡necio de mí! ni puedo recordar (ni quizá tú) sin retroceder al lugar, qué fue lo que me impidió dejar que el cabo la contara con sus propias palabras;—pero la ocasión está perdida,—debo contarla ahora con las mías.