Las Parcas, que sin duda preconocían todos estos amores de la viuda Wadman y mi tío Toby, habían establecido, desde la primera creación de la materia y el movimiento (y con más cortesía de la que suelen emplear en cosas de esta índole), una cadena de causas y efectos tan firmemente eslabonada unos a otros, que difícilmente le habría sido posible a mi tío Toby habitar ninguna otra casa en el mundo, ni ocupar ningún otro jardín en la Cristendá, que no fuesen precisamente la casa y el jardín contiguos y paralelos a los de la señora Wadman; esto, con la ventaja de una espesa glorieta situada en el jardín de la señora Wadman, pero plantada en el seto del jardín de mi tío Toby, puso en sus manos todas las ocasiones que la milicia del amor requería; ella podía observar los movimientos de mi tío Toby y era asimismo dueña de sus consejos de guerra; y como su confiado corazón le había dado permiso al cabo, mediante la mediación de Bridget, para abrirle una portezuela de mimbre de comunicación con el fin de ensanchar sus paseos, esto le permitió llevar a cabo sus aproximaciones hasta la mismísima puerta de la garita y, a veces, en señal de gratitud, lanzar un ataque y esforzarse por hacer volar por los aires a mi tío Toby en la garita misma.
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