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nydus/The Life and Opinions of Tristram Shandy, GentlemanPublic
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Table of Contents

I

Invoco a todos los poderes del tiempo y el azar, que individualmente nos frenan en nuestras trayectorias en este mundo, para que me sirvan de testigo de que jamás había podido llegar limpiamente a los amores de mi tío Toby, hasta este mismo momento en que la curiosidad de mi madre —tal como ella planteaba el asunto—, o un impulso diferente en ella —según prefería sostener mi padre—, la empujó a echarles un vistazo por la cerradura.

«Llámalo, querida, por su nombre propio —dijo mi padre—, y mira por la cerradura todo el tiempo que quieras».

Nada sino la fermentación de aquel pequeño humor subácido, de que tantas veces os he hablado, en la constitución de mi padre, habría podido exhalar semejante insinuación⸺⁠él era, sin embargo, franco y generoso por naturaleza, y siempre accesible al convencimiento; de modo que apenas hubo llegado a la última palabra de esta desagradable retorta, cuando su conciencia le remordió.

Mi madre se balanceaba entonces conyugalmente con el brazo izquierdo pasado por debajo del derecho de mi padre, de tal guisa que la palma de su mano reposaba sobre el dorso de él⁠—levantó los dedos y los dejó caer⁠—apenas cabría llamarlo un toque; o de serlo⁠⸺⁠habría puesto en un aprieto a un casuista decidir si era un toque de amonestación o un toque de confesión: mi padre, que era pura sensibilidad de la cabeza a los pies, lo clasificó acertadamente⁠—la Conciencia redobló su golpe⁠—volvió el rostro de súbito hacia el otro lado, y mi madre, suponiendo que el cuerpo iba a girar con él para emprender el camino de vuelta, mediante un movimiento cruzado de la pierna derecha, tomando la izquierda como pivote, se colocó tan de frente que, al volver él la cabeza, se topó con su mirada⁠⸻¡Nuevamente la confusión! vio mil razones para borrar el reproche y otras tantas para reprocharse a sí mismo⁠⸺⁠un cristal delgado, azul, frío y transparente, con sus humores tan en calma que hasta la menor mota o peca de deseo se habría dejado ver en el fondo del mismo, de haber existido⁠⸺⁠no existía⁠⸺⁠y cómo he llegado a ser yo tan lascivo, en particular un poco antes de los equinoccios de primavera y de otoño⁠⸺⁠Dios sabe arriba⁠⸺⁠Mi madre⁠⸺⁠señora⁠⸺⁠no lo era en ningún momento, ni por naturaleza, ni por institución, ni por ejemplo.

Una corriente templada de sangre corría ordenadamente por sus venas en todos los meses del año, y en todos los momentos críticos tanto del día como de la noche por igual; ni tampoco provocaba el menor calor en sus humores a partir de las efervescencias manuales de los devocionarios, los cuales, al carecer de sentido o tener muy poco, la naturaleza se ve a menudo obligada a inventárselo⁠⸺⁠¡Y en cuanto al ejemplo de mi padre!, estaba tan lejos de ayudar o ser cómplice en ello, que la tarea principal de su vida consistía en apartarle de la cabeza cualquier capricho de esa índole⁠⸺⁠La naturaleza había hecho su parte para ahorrarle este trabajo a él; y, lo cual no dejaba de ser un tanto incongruente, mi padre lo sabía⁠⸺⁠Y aquí me tenéis sentado, este 12 de agosto de 1766, con una casaca morada y un par de zapatillas amarillas, sin peluca ni bonete, culminación tragiocómica de su predicción: «Que, precisamente por esa razón, no pensaría ni actuaría como el hijo de ningún otro hombre».

El error de mi padre estuvo en atacar el motivo de mi madre, en lugar del acto en sí; pues ciertamente las cerraduras fueron hechas para otros fines; y considerando el acto como un acto que interfería con una proposición verdadera, y negaba que una cerradura fuera lo que era⁠—se convirtió en una violación de la naturaleza; y en la medida en que lo era, ya ves, criminal.

Por esta razón, si a vuestras Reverencias les place, los agujeros de las llaves son la causa de más pecado y maldad que todos los demás agujeros de este mundo juntos.

⸻lo cual me conduce a los amores de mi tío Toby.

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