—No puede, dijo mi tío Toby, deteniéndose cuando ya habían avanzado hasta quedar a veinte pasos de la puerta de la señora Wadman—, no puede, cabo, tomarlo a mal.⸺
⸺Ella lo aceptará, si le place a su señoría, dijo el cabo, tal como la viuda del judío en Lisboa se lo aceptó a mi hermano Tom.⸺
⸺¿Y cómo fue eso? —dijo mi tío Toby, volviéndose por completo hacia el cabo.
—Su Señoría, —respondió el cabo, —conoce las desgracias de Tom; pero este asunto no tiene nada que ver con ellas más que en esto:
Que si Tom no se hubiera casado con la viuda—o le hubiera placido a Dios, después de su matrimonio, que hubieran metido carne de cerdo en sus salchichas, al buen hombre jamás lo habrían sacado de su calentita cama para arrastrarlo a la inquisición—Es un lugar maldito—añadió el cabo, sacudidiendo la cabeza—, una vez que una pobre criatura cae dentro, se queda dentro, con su venia, para siempre.
—Es muy cierto —dijo mi tío Toby, mirando con gravedad a la casa de la señora Wadman mientras hablaba.
Nada, —prosiguió el cabo—, puede ser tan triste como el encierro de por vida, ni tan dulce, con su venia, mi capitán, como la libertad.
Nada, Trim —dijo mi tío Toby, meditabundo—
Mientras un hombre es libre,—exclamó el cabo, dando un floreo con el bastón de este modo⸺
Mil de los silogismos más sutiles de mi padre no habrían podido decir más en favor del celibato.
Mi tío Toby miró con atención hacia su casita y su pista de bochas.
El cabo había evocado imprudentemente con su varita al Espíritu del cálculo; y no le quedaba otra que conjurarlo de nuevo con su historia, y de esta forma de Exorcismo, de un modo de lo más poco eclesiástico lo hizo el cabo.