¡Y ahora el reloj de Lippius!, dije con el aire de un hombre que había salido de todas sus dificultades—nada puede impedir que veamos eso, y la historia china, etc., excepto la hora, dijo François—pues faltan pocos minutos para las once—Entonces debemos darnos más prisa, dije, yéndome a grandes zancadas hacia la catedral.
No puedo decir, en verdad, que me causara ninguna inquietud el que uno de los canónigos menores me dijera, al entrar por la puerta occidental,—que el gran reloj de Lippius estaba totalmente desarticulado y llevaba algunos años sin funcionar⸺Eso me dará más tiempo, pensé, para examinar la historia china; y, además, podré ofrecer al mundo una descripción del reloj en su decadencia mucho mejor de lo que habría podido hacerlo en su estado floreciente⸺
⸺Y así me marché a toda prisa al colegio de los jesuitas.
Ahora me pasa con el proyecto de echar un vistazo a la historia de China en caracteres chinos—como con muchos otros que podría mencionar, que solo llaman la atención desde lejos; pues a medida que me acercaba y me acercaba al punto—la sangre se me enfrió—la fantasía fue desapareciendo gradualmente, hasta que al final no habría dado un hueso de cereza por verla satisfecha⸻La verdad era que mi tiempo era breve, y mi corazón estaba en la Tumba de los Amantes⸺Ojalá, dije, al coger el llamador en la mano, que la llave de la biblioteca se hubiera perdido; me vino de perillas⸻
Pues todos los jesuitas padecían cólicos, y en tal grado que no se recordaba otro igual en toda la historia del médico más anciano.