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nydus/The Life and Opinions of Tristram Shandy, GentlemanPublic
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XIV

Volvamos al **⸺del último capítulo.

Es un rasgo singular de elocuencia (al menos lo era cuando la elocuencia florecía en Atenas y en Roma, y lo sería ahora, si los oradores vistiesen mantos) no mencionar el nombre de una cosa, cuando se tiene la cosa misma in petto, lista para sacarla, pum, en el lugar donde hace falta. Una cicatriz, un hacha, una espada, un jubón calado, un yelmo oxidado, una libra y media de cenizas en una urna, o un tarro de encurtidos de tres maravedíes⁠—pero sobre todo, un tierno infante ataviado con real majestad.⁠—Aunque, si fuera demasiado pequeño, y la oración tan larga como la segunda Filípica de Tulio⁠—seguramente se le habría cagado encima del manto al orador.⁠—Y por otra parte, si fuera demasiado grande⁠—habría resultado pesado e incómodos sus gestos⁠—de modo que el orador casi perdería tanto con su hijo como lo que podría ganar con él.⁠—De otro modo, cuando un orador de Estado le atina a la edad precisa al minuto⁠⸺⁠ocultando a su bambino en el manto con tanta maña que nadie sobre la tierra pudiese olerlo⁠⸺⁠y lo saca con tanta oportunidad que ni un alma pudiese decir que vino cogido por los pelos⁠—¡Ah, señores! ¡Ha hecho maravillas⁠—Ha abierto las esclusas, y trastornado los cerebros, y sacudido los principios, y desquiciado la política de media nación.

Estas hazañas, sin embargo, no han de llevarse a cabo, excepto en aquellos estados y tiempos, digo, en que los oradores vestían mantos⁠—y bastante grandes por cierto, hermanos míos, con unas veinte o veinticinco yardas de buena tela de púrpura, superfina y comercial en ellos⁠—, con grandes pliegues flotantes y dobles, y con un gran estilo de diseño.⁠—Todo lo cual demuestra claramente, pluguiera vuestras señorías, que la decadencia de la elocuencia, y el poco buen servicio que presta en la actualidad, tanto dentro como fuera de las cámaras, no se debe a ninguna otra cosa en el mundo más que a las casacas cortas y al desuso de los calzones abultados⁠.⁠—No podemos ocultar nada bajo los nuestros, señora, que valga la pena mostrar.

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