—¡Pues maldita sea! —dije, al mirar hacia la costa francesa—, un hombre también debería saber algo de su propio país antes de irse al extranjero⸺ y yo jamás le he echado un vistazo a la iglesia de Rochester, ni me he fijado en los astilleros de Chatham, ni he visitado a Santo Tomás en Canterbury, a pesar de que los tres me pillaban de camino⸺
—Pero el mío, en verdad, es un caso particular⸺
Así que, sin discutir más el asunto con Thomas o’ Becket, ni con nadie más, salté a la barca, y en cinco minutos pusimos rumbo y zarpamos a toda velocidad como el viento.
—Os ruego, capitán —le dije, mientras bajaba a la cámara—, ¿nunca le sorprende a un hombre la muerte en esta travesía?
¡Vaya, si no hay tiempo para que un hombre enferme en ella!, replicó él⸺¡Qué maldito mentiroso! ¡Pues estoy malo como una fiera, dije yo, ya⸺¡qué cerebro!⸺del revés!⸺¡toma ya! las celdillas se han soltado unas con otras, y la sangre, y la linfa, y los jugos nerviosos, con las sales fijas y volátiles, están todos revueltos en una sola masa⸺¡buen D⸺! todo da vueltas en él como mil remolinos⸺daría un chelín por saber si no escribiré con más claridad por ello⸺
¡Enfermo! ¡enfermo! ¡enfermo! ¡enfermo!⸺
—¿Cuándo llegaremos a tierra, capitán? —tienen el corazón como de piedra— ¡Ay, estoy mortalmente enfermo!— alcánzame eso, muchacho— es la enfermedad más desconcertante— ojalá estuviera en el fondo— ¡Señora! ¿Cómo se encuentra usted? ¡Perdida! ¡perdida! perdi— ¡Ay! ¡perdida, señor!— ¿Qué, la primera vez?— No, es la segunda, tercera, sexta, décima vez, señor— ¡vaya!— ¡qué zapateo ahí arriba!— ¡hola! ¡muchacho de cabina! ¿qué pasa?—
¡El viento ha rolado! ¡Muerte de mi vida!—entonces lo tendré de frente.
¡Qué suerte!—Ha cambiado de rumbo otra vez, amo⸺¡Oh, que el diablo se lo lleve!—
Capitán, le dijo, por el amor de Dios, permitidnos bajar a tierra.