⸺Pero ella no sabía que yo tenía el voto de no afeitarme la barba hasta llegar a París;⸺sin embargo, odio hacer misterios de nada;⸺es la fría prudencia de una de esas almas mezquinas a partir de las cuales Lessius (lib. 13, de moribus divinis, cap. 24) ha hecho su cálculo, en el que establece que una milla holandesa, multiplicada cúbicamente, dejará espacio suficiente, y de sobra, para ochocientos mil millones, que él supone que es el número de almas (contando desde la caída de Adán) que posiblemente puedan condenarse hasta el fin del mundo.
De qué haya hecho este segundo cálculo—si no es de la bondad paternal de Dios—no lo sé—; me hallo mucho más desconcertado respecto a lo que pudo caberle en la cabeza a Francisco Ribera, el cual pretende que no menos espacio que el de doscientas millas italianas multiplicadas por sí mismas será suficiente para albergar a semejante número—sin duda debió de basarse en algunas de aquellas almas de la antigua Roma de las que había leído, sin reflexionar sobre cuánto, por un declive gradual y de lo más tánico, en el transcurso de mil ochocientos años, habrían tenido que encogerse inevitablemente hasta quedar, cuando él escribió, casi reducidas a la nada.
En la época de Lessius, que parece el hombre más frío, eran tan poco como pueda imaginarse⸺
⸺Los encontramos menos ahora ⸺
Y el próximo invierno los encontraremos aún más reducidos; de modo que, si seguimos de poco a menos, y de menos a nada, no vacilo ni un momento en afirmar que, en medio siglo, a este ritmo, no nos quedará alma alguna; lo cual, siendo el plazo más allá del cual dudo asimismo de la existencia de la fe cristiana, será una ventaja que ambas cosas se gasten exactamente a la vez.
¡Bendito Júpiter! ¡Y benditos todos los demás dioses y diosas paganos! pues ahora volveréis todos a entrar en juego, y con Príapo a vuestros talones—¡qué tiempos tan joviales!—pero ¿dónde estoy? y ¿en qué delicioso tumulto de cosas me precipito? Yo—yo, que debo ser cortado en la flor de la vida y no probar más de ella que lo que tomo prestado de mi imaginación—¡paz a ti, generoso tonto! y déjame seguir.