Al tío mío, el señor Tobías Shandy, le debo la anécdota precedente; con él mi padre, que era un excelente filósofo natural y muy dado a discurrir minuciosamente sobre las cosas más insignificantes, se había lamentado a menudo y con amargura de aquel perjuicio; pero más particularmente una vez, como bien recordaba mi tío Tobías, al observarse una obliquidad de lo más inexplicable (como él la llamó) en mi manera de hacer bailar mi peonza, y al justificar yo los principios sobre los cuales lo había hecho: el buen anciano meneó la cabeza y, en un tono que expresaba más de la mitad de dolor que de reproche, dijo que su corazón se lo había augurado desde siempre, y que lo veía verificado en esto, y a partir de mil otras observaciones que había hecho sobre mí, en que ni pensaría ni actuaría como el hijo de ningún otro hombre:
—¡Pero ay de mí! —continuó, meneando la cabeza por segunda vez y secándose una lágrima que le resbalaba por las mejillas—, las desgracias de mi Tristram empezaron nueve meses antes de que viniera al mundo.
—Mi madre, que estaba sentada al lado, levantó la vista—, pero no sabía más que sus posaderas lo que mi padre quería decir—, mas mi tío, el señor Toby Shandy, a quien se había informado a menudo del asunto,—lo entendió muy bien.