Cada día, durante al menos diez años seguidos, mi padre se propuso mandar a arreglarlo;—aún no está arreglado;—ninguna familia más que la nuestra lo habría soportado una hora⸺y lo que es más asombroso, no había tema en el mundo sobre el cual mi padre fuera tan elocuente como sobre el de los quicios de las puertas.⸺Y, sin embargo, al mismo tiempo, fue sin duda uno de los mayores pusilánimes ante ellos, creo yo, que la historia pueda producir: su retórica y su conducta vivían en perpetuo forcejeo.—Jamás se abría la puerta del salón—sin que su filosofía o sus principios cayeran víctimas de ella;⸺tres gotas de aceite con una pluma y un golpe certero de martillo habrían salvado su honor para siempre.
⸺¡Alma inconsistente que es el hombre!—¡consumiéndose bajo heridas que tiene el poder de sanar!—¡toda su vida una contradicción con su conocimiento!—su razón, ese precioso don que Dios le ha dado—(en lugar de verter aceite) sirviendo tan solo para agudizar su sensibilidad—para multiplicar sus dolores, y volverlo más melancólico e inquieto bajo ellos—¡Pobre infeliz criatura, que actúe de tal modo!—¿No son las causas necesarias de la miseria en esta vida suficientes, como para que además añada voluntarias a su caudal de pesar;—luchar contra males que no pueden evitarse, y someterse a otros que una décima parte del esfuerzo que le causan apartaría de su corazón para siempre?
Por todo lo que hay de bueno y virtuoso, si quedan tres gotas de aceite que conseguir y un martillo que hallar en un radio de diez millas a la redonda de Shandy Hall —el quicio de la puerta del salón será arreglado en este reinado.