⸺Pero antes de que el Cabo comience, debo ofreceros primero una descripción de su postura;—de otro modo os figuraréis naturalmente que se halla representado en una postura incosteable,—rígida,—perpendicular,—dividiendo el peso de su cuerpo por igual sobre ambas piernas;—con la vista fija, como si estuviera de guardia;—la mirada decidida,—apretando el sermón con la mano izquierda, como si fuera su fusil.—En una palabra, seríais proclives a pintar a Trim como si estuviera formando en su pelotón listo para el combate.—Su postura era tan distinta de todo esto como podáis concebir.
Él se detuvo ante ellos con el cuerpo balanceado, e inclinado hacia adelante exactamente lo suficiente como para formar un ángulo de ochenta y cinco grados y medio sobre el plano del horizonte;—ángulo que los oradores prudentes, a quienes me dirijo, saben muy bien que es el verdadero ángulo de incidencia persuasivo;—en cualquier otro ángulo podréis hablar y predicar;—es seguro;—y se hace todos los días;—pero con qué efecto,—¡dejo que el mundo lo juzgue!
La necesidad de este ángulo preciso, de ochenta y cinco grados y medio con exactitud matemática,⸺¿no nos muestra, a propósito, cómo las artes y las ciencias se auxilian mutuamente?
Cómo el cabo Trim, que no conocía ni un ángulo agudo de uno obtuso, vino a dar con ello con tanta exactitud;⸺o si fue obra del azar, o de la naturaleza, o del buen sentido, o de la imitación, etc., será objeto de comentario en aquella parte de la ciclopedia de las artes y las ciencias donde las partes instrumentales de la elocuencia del senado, del púlpito y de los tribunales, del café, del dormitorio y de la chimenea queden bajo consideración.
Se paró,⸺pues lo repito, para abarcar su figura de un solo vistazo, con el cuerpo oscilante, y algo inclinado hacia adelante,—la pierna derecha por debajo de él, sosteniendo siete octavos de todo su peso,—el pie de la pierna izquierda, cuyo defecto no era ninguna desventaja para su postura, adelantado un poco,—ni lateralmente, ni hacia adelante, sino en una línea entre ambas direcciones;—la rodilla doblada, pero no violentamente,—sino de modo que cayera dentro de los límites de la línea de la belleza;—y añado que también de la línea de la ciencia;—porque considerad, tenía que sostener una octava parte de su cuerpo;—de modo que en este caso la posición de la pierna está determinada,—porque el pie no podía estar más adelantado, ni la rodilla más doblada, de lo que le permitiría, mecánicamente, recibir una octava parte de todo su peso bajo ella, y sostenerlo también.
☞ Esto recomiendo a los pintores:—¿es necesario añadir,—a los oradores!—Creo que no; pues a menos que lo practiquen,—se darán de bruces.
Hasta aquí sobre el cuerpo y las piernas del cabo Trim.⸺Sostenía el sermón con holgura, sin descuido, en su mano izquierda, levantado un poco por encima del estómago y separado ligeramente del pecho;⸺el brazo derecho le colgaba negligentemente a lo costado, tal como la naturaleza y las leyes de la gravedad lo disponían,⸺pero con la palma abierta y vuelta hacia su auditorio, lista para secundar el sentimiento en caso de que este lo necesitara.
Los ojos del cabo Trim y los músculos de su rostro estaban en completa armonía con las demás partes de su persona;—tenía un aspecto franco,—desenvuelto,—algo seguro,—pero sin rozar la insolencia.
No pregunte el crítico cómo pudo el cabo Trim hacerse con todo esto.—Ya le he dicho que se explicaría;—pero así se quedó ante mi padre, mi tío Toby y el doctor Slop;—de tal modo inclinaba el cuerpo, de tal modo contraponía las extremidades, y con un ademán tan oratorio en toda su figura,—que un escultor habría podido modelar a partir de ella;—es más, dudo que el más viejo miembro de un Colegio Mayor,—o el mismísimo profesor de hebreo, hubieran podido mejorarla gran cosa.
Trim hizo una reverencia y leyó lo siguiente:
“¡Confianza! ⸺¡Confianza en que tenemos buena conciencia!”
[Ciertamente, Trim —dijo mi padre, interrumpiéndole—, le das a esa frase un acento muy inadecuado; porque arrugas la nariz, hombre, y la lees con un tono tan burlón, como si el pastor fuera a insultar al apóstol.
Lo va a hacer, con la venia de su Señoría —contestó Trim . ¡Pamplinas! —dijo mi padre, sonriendo.
Señor —dijo el doctor Slop —, Trim tiene toda la razón; porque el escritor (que según veo es protestante), por el modo seco y cortante con que aborda al apóstol, sin duda va a insultarle;—si es que este trato que le da no lo ha hecho ya. Pero ¿de dónde infieres tan pronto, doctor Slop —replicó mi padre—, que el escritor es de nuestra Iglesia?—Por lo que a mí respecta todavía,—puede ser de cualquier Iglesia.⸺Porque —respondió el doctor Slop —, si fuera de la nuestra,—no se atrevería a tomarse semejante licencia,—ni a tocarle las barbas a un oso:—Si en nuestra comunión, señor, un hombre insultara a un apóstol,—a un santo,—o incluso al recorte de la uña de un santo,—le sacarían los ojos a arañazos.—¿Qué, el santo? —dijo mi tío Toby . No —replicłó el doctor Slop —, le llovería la casa encima. Diga, ¿la Inquisición es un edificio antiguo —preguntó mi tío Toby —, o es moderno?—No sé nada de arquitectura —respondió el doctor Slop .—Con la venia de sus Señorías —dijo Trim —, la Inquisición es la más vil—Te ruego que te ahorres la descripción, Trim , detesto hasta el nombre —dijo mi padre.—No importa eso —respondió el doctor Slop —,—tiene sus usos; pues aunque no soy un gran defensor de ella, sin embargo, en un caso como este, pronto le enseñarían mejores modales; y le puedo decir que, si continuaba a ese paso, lo echarían a la Inquisición por su esfuerzo. Dios lo ampare entonces —dijo mi tío Toby . Amén —añadió Trim ; porque el Cielo sabe muy bien que tengo un pobre hermano que lleva catorce años cautivo en ella.—Jamás había oído una sola palabra de eso —dijo mi tío Toby , con presteza:—¿Cómo fue a parar allí, Trim? —¡Oh, señor! La historia le hará sangrar el corazón,—como ha hecho el mío mil veces;—pero es demasiado larga para contarla ahora;—su Señoría la oirá de principio a fin algún día, cuando esté trabajando a su lado en nuestras fortificaciones;—pero el resumen de la historia es este:—Que mi hermano Tom cruzó como sirviente a Lisboa ,—y luego se casó con la viuda de un judío, que tenía una tiendecita y vendía salchichas, lo cual, de un modo u otro, fue la causa de que lo sacaran en medio de la noche de su cama, donde yacía con su esposa y dos hijos pequeños, y lo llevaran directamente a la Inquisición, donde, Dios lo ampare —continuó Trim , soltando un suspiro desde el fondo de su corazón—, el pobre y honrado muchacho yace confinado a esta hora; era un alma tan honrada —añadió Trim (sacando su pañuelo)— como jamás la sangre ha calentado.⸺
—Las lágrimas resbalaban por las mejillas de Trim más rápidamente de lo que podía limpiarlas.—Y un silencio sepulcral reinó en la estancia durante unos minutos.—¡Prueba indudable de piedad!
Vamos, Trim —dijo mi padre, tras ver que el dolor del pobre muchacho se había desahogado un poco—, lee de nuevo,—y sácate esta triste historia de la cabeza:—Lamento haberte interrumpido; pero te ruego que empieces el sermón otra vez;—pues si la primera frase en él es materia de insulto, como dices, tengo muchas ganas de saber qué tipo de provocación le ha dado el apóstol.
El cabo Trim se secó la cara, guardó el pañuelo en el bolsillo y, haciendo una reverencia al hacerlo,—empezó de nuevo.]
«¡Confiad! ¡confiad en que tenemos la conciencia tranquila! Ciertamente, si hay algo en esta vida en lo que un hombre pueda confiar, y cuyo conocimiento sea capaz de alcanzar mediante la evidencia más indiscutible, debe ser precisamente esto: si tiene o no la conciencia tranquila».
[Estoy seguro de que tengo razón, apostilló el dr. Slop].
«Si un hombre piensa siquiera, no puede ser ajeno al verdadero estado de esta cuenta; —tiene que estar al tanto de sus propios pensamientos y deseos; —debe recordar sus pasadas empresas y conocer con certeza los verdaderos resortes y motivos que, en general, han gobernado las acciones de su vida».
[Lo desafío, sin ayuda de nadie, apostilló el dr. Slop].
«En otros asuntos podemos dejarnos engañar por falsas apariencias; y, como se lamenta el sabio, apenas adivinamos con acierto las cosas que están sobre la tierra, y con esfuerzo hallamos las que están ante nosotros. Pero aquí la mente tiene todas las pruebas y los hechos en su propio interior; —es consciente de la red que ha tejido; —conoce su textura y finura, y la parte exacta que cada pasión ha tenido en la elaboración de los diversos designios que la virtud o el vicio han urdido ante ella».
[El lenguaje es bueno, y declaro que Trim lee muy bien, apostilló mi padre].
«Ahora bien, —como la conciencia no es otra cosa que el conocimiento que la mente tiene de esto en su interior; y el juicio, ya de aprobación o de censura, que inevitablemente emite sobre las sucesivas acciones de nuestra vida; es evidente, diréis, por los propios términos de la proposición, —que siempre que este testimonio interior se vuelve en contra de un hombre, y este se halla autoacusado, tiene que ser necesariamente un hombre culpable. —Y, por el contrario, cuando el informe es favorable de su parte y su corazón no lo condena: —que no es una cuestión de confianza, como insinúa el apóstol, sino una cuestión de certeza y de hecho, que la conciencia es buena y que el hombre debe ser bueno también».
[Entonces el apóstol está totalmente equivocado, supongo, apostilló el dr. Slop, y el teólogo protestante tiene razón. Señor, tened paciencia, replicó mi padre, pues creo que pronto se verá que san Pablo y el teólogo protestante son de la misma opinión. —Tan de la misma, apostilló el dr. Slop, como el este del oeste; —pero esto, continuó levantando ambas manos, viene de la libertad de prensa.
No es más, en el peor de los casos, replicó mi tío Toby, que la libertad de púlpito; pues no consta que el sermón esté impreso, ni que haya visos de que lo esté.
Sigue, Trim, apostilló mi padre].
«A primera vista esto puede parecer el verdadero estado de la cuestión; y no dudo de que el conocimiento del bien y del mal está tan verdaderamente impreso en la mente del hombre, —que si nunca sucediera tal cosa como que la conciencia de un hombre, por largos hábitos de pecado, pudiera (como aseguran las escrituras que puede) volverse insensiblemente dura; —y, como ciertas partes tiernas de su cuerpo, por mucho esfuerzo y uso rudo y continuado, perdiera gradualmente esa delicada sensibilidad y percepción con que Dios y la naturaleza la dotaron: —Si esto nunca sucediera; —o si fuera seguro que el amor propio nunca pudiera inclinar lo más mínimo la balanza del juicio; —o que los pequeños intereses terrenales pudieran alzarse y perturbar las facultades de nuestras regiones superiores, envolviéndolas en nubes y espesas tinieblas: —Si ninguna cosa tal como el favor y el afecto pudiera entrar en este sagrado Tribunal: —Si el Ingenio desdeñara aceptar un soborno en él; —o tuviera vergüenza de mostrar su rostro como defensor de un deleite inadmisible: O, por último, si estuviéramos seguros de que el Interés permanecía siempre al margen mientras se oía la causa, —y que la Pasión nunca ocupaba el tribunal de justicia y pronunciaba sentencia en lugar de la Razón, de la que se supone que siempre preside y decide sobre el caso: —Si esto fuera verdaderamente así, como la objeción debe suponer; —indudablemente el estado religioso y moral de un hombre sería exactamente el que él mismo estimaba; —y la culpa o la inocencia de la vida de cualquier hombre podría conocerse, en general, por ninguna mejor medida que los grados de su propia aprobación y censura.
«Confieso que, en un caso, siempre que la conciencia de un hombre lo acusa (pues rara vez se equivoca en eso), él es culpable; y, salvo en casos melancólicos e hipocondríacos, podemos pronunciarnos con seguridad sobre el hecho de que siempre hay motivos suficientes para la acusación.
«Pero la recíproca de la proposición no es cierta; —a saber, que siempre que hay culpa, la conciencia debe acusar; y que, si no lo hace, el hombre es por tanto inocente. —Esto no es un hecho. —De modo que el consuelo habitual que algún buen cristiano se administra a sí mismo a cada hora, —de que da gracias a Dios porque su conciencia no le remuerde; y que, por consiguiente, tiene buena conciencia por el hecho de tenerla tranquila, —es falacioso; —y por muy corriente que sea la inferencia, y por muy infalible que la regla parezca a primera vista, sin embargo, cuando se la examina más de cerca y se pone a prueba su verdad con hechos evidentes, —se la ve tan expuesta al error por una falsa aplicación; —el principio en que se basa se halla tan a menudo pervertido; —toda su fuerza se pierde, y a veces se despilfarra de un modo tan ruin que resulta doloroso aducir los ejemplos comunes de la vida humana que confirman lo dicho.
«Un hombre será vicioso y totalmente depravado en sus principios; —reprochable en su conducta ante el mundo; vivirá sin vergüenza, en la práctica abierta de un pecado que ninguna razón o pretexto puede justificar, —un pecado mediante el cual, contra todo impulso de humanidad, arruinará para siempre a la engañada cómplice de su culpa; —la despojará de su mejor dote; y no solo cubrirá su propia cabeza de deshonor, —sino que envolverá en la vergüenza y el dolor a toda una familia virtuosa por causa de ella. Seguramente pensaréis que la conciencia le hará llevar a tal hombre una vida difícil; que no podrá tener reposo ni de día ni de noche por sus reproches.
«¡Ay! La conciencia tenía otra cosa que hacer todo ese tiempo en vez de irrumpir en su vida; como Elias reprochaba al dios Baal, —este dios doméstico o estaba hablando, o persiguiendo, o de viaje, o tal vez dormía y no podía ser despertado.
«Tal vez había salido en compañía del Honor a batirse en duelo; a saldar alguna deuda de juego; —o una vil anualidad, fruto del trato de su lascivia. Tal vez la conciencia estuvo todo este tiempo ocupada en casa, protestando a voces contra el hurto menor y ejecutando venganza sobre algunos de esos delitos mezquinos de cuya comisión su fortuna y rango social le ponían a salvo de toda tentación; de modo que vive tan alegremente» —[si hubiera sido de nuestra iglesia, sin embargo, apostilló el dr. Slop, no podría] —[«duerme tan profundamente en su cama; —y al fin afronta la muerte con tanta despreocupación; —tal vez mucho más que un hombre mucho mejor».
[Todo eso es imposible entre nosotros, apostilló el dr. Slop, volviéndose hacia mi padre, —el caso no podría darse en nuestra iglesia. —Se da en la nuestra, sin embargo, replicó mi padre, con demasiada frecuencia. —Reconozco, apostilló el dr. Slop (conmovido un tanto por la franca confesión de mi padre), —que un hombre en la iglesia romana puede vivir tan mal; —pero entonces no puede morir tan fácilmente. —Poco importa, replicó mi padre con aire de indiferencia, —cómo muere un canalla. —Quiero decir, respondió el dr. Slop, que se le negarían los beneficios de los últimos sacramentos. —Por favor, ¿cuántos tenéis en total, preguntó mi tío Toby, —porque siempre los olvido? —Siete, respondió el dr. Slop. —¡Hum! —dijo mi tío Toby; aunque no con el acento de una nota de aquiescencia, —sino como una interjección de esa especie particular de sorpresa cuando un hombre, al mirar en un cajón, encuentra más cosas de las que esperaba. —¡Hum! replicó mi tío Toby. El dr. Slop, que tenía buen oído, entendió a mi tío Toby tan bien como si hubiera escrito un volumen entero contra los siete sacramentos. —¡Hum! replicó el dr. Slop (repitiéndole a mi tío Toby el argumento de este) —¿Pues qué, señor, no hay siete virtudes cardinales? —¿Siete pecados capitales? —¿Siete candeleros de oro? —¿Siete cielos? —Es más de lo que sé, replicó mi tío Toby. —¿No hay siete maravillas del mundo? —¿Siete días de la creación? —¿Siete planetas? —¿Siete plagas? —¡Vaya que los hay!, apostilló mi padre con una gravedad de lo más afectada. Pero te ruego, continuó, que sigas con el resto de tus tipos, Trim].
«Otro es sórdido, despiadado» (aquí Trim agitó su mano derecha), «un infeliz mezquino y egoísta, incapaz tanto de amistad privada como de espíritu público. Observad cómo pasa de largo ante la viuda y el huérfano en su tribulación, y contempla todas las miserias inherentes a la vida humana sin un suspiro ni una oración». [¡Si place a vuestras señorías, exclamó Trim, me parece este un hombre más vil que el anterior].
«¿No se alzará la conciencia para aguijonearlo en tales ocasiones? —No; gracias a Dios no hay motivo, yo pago a cada cual lo suyo; —no tengo fornicación de la que responder ante mi conciencia; —ningún voto o promesa infiel que reparar; —no he deshonrado la mujer ni la hija de nadie; gracias a Dios, no soy como los otros hombres, adúlteros, injustos, ni siquiera como este libertino que está ante mí.
«Un tercero es astuto e intrigante por naturaleza. Examinad toda su vida; —no es sino una taimada urdimbre de oscuras tretas e inicuos subterfugios para burlar vilmente el verdadero propósito de todas las leyes, —la honradez y el disfrute seguro de nuestras respectivas propiedades. —Veréis a semejante sujeto tramar un plan de mezquinos proyectos a costa de la ignorancia y los apuros del hombre pobre y menesteroso; —hará fortuna sobre la inexperiencia de un joven o la índole confiada de su amigo, que le habría confiado su vida.
«Cuando llega la vejez y el arrepentimiento lo llama a mirar atrás en esta negra cuenta y a pasar revista a su conciencia una vez más, —la conciencia examina los Estatutos Generales; —no halla ninguna ley expresa infringida por lo que ha hecho; —no percibe penalidad ni decomiso de bienes muebles e inmuebles en que haya incurrido; —no ve ningún látigo cerniéndose sobre su cabeza ni ninguna prisión abriéndole sus puertas: —¿Qué hay para aterrorizar a su conciencia? —La conciencia se ha atrincherado a salvo tras la Letra de la Ley; se sienta allí invulnerable, fortificada con Casos y Repertorios tan sólidamente por todas partes, —que no hay sermón capaz de desalojarla de su posición».
[Aquí el cabo Trim y mi tío Toby intercambiaron miradas. —¡Vaya, vaya, Trim!, apostilló mi tío Toby, negando con la cabeza, —escasas fortificaciones son esas, Trim. —¡Oiga!, poca cosa, respondió Trim, comparadas con las que vuestra señoría y yo hacemos. —El carácter de este último hombre, dijo el dr. Slop, interrumpiendo a Trim, es más detestable que todos los demás; y parece haber sido tomado de algún abogado tinterillo de los vuestros: —Entre nosotros, la conciencia de un hombre no podría continuar tanto tiempo cegada, —al menos tres veces al año debe ir a confesión. ¿Eso le devolverá la vista?, preguntó mi tío Toby. —Sigue, Trim, apostilló mi padre, o Obadiah habrá regresado antes de que hayas llegado al final de tu sermón. —Es muy corto, replicó Trim. —Ojalá fuera más largo, apostilló mi tío Toby, porque me gusta muchísimo. —Trim prosiguió].
«Un cuarto hombre carecerá incluso de este refugio; —quebrantará toda la ceremonia de la lenta chicana; —desdeña las dudosas maniobras de las tramas secretas y las cautelosas intrigas para lograr su propósito: —¡Mirad al descarado bribón, cómo engaña, miente, perjura, roba, asesina! —¡Horrible! —Pero en verdad no cabía esperar mucho mejor cosa en el presente caso: ¡el pobre hombre estaba a oscuras! —su sacerdote se había quedado con la guarda de su conciencia; —y todo lo que le dejaba saber de ella era que debía creer en el papa; —ir a misa; —hacerse la señal de la cruz; —rezar el rosario; —ser un buen católico, y que esto, en toda conciencia, era suficiente para llevarlo al cielo. ¿Qué; —si se perjura? —Pues bien; —tenía una reserva mental en ello. —Pero si es un reo tan perverso y abandonado como lo describís; —si roba, —si apuñala, ¿no sufrirá la conciencia, en cada acto semejante, una herida en sí misma? —¡Ah!, —pero el hombre se ha confesado; —la herida hace su proceso allí, irá bien y en poco tiempo sanará por completo con la absolución. ¡Oh, papismo!, ¿de qué no tienes que responder —cuando, no contento con las demasiadas vías naturales y fatales a través de las cuales el corazón del hombre se muestra cada día así tan traicionero consigo mismo por encima de todas las cosas, —has abierto deliberadamente la ancha puerta del engaño ante el rostro de este incauto viajero, demasiado propenso, Dios lo sabe, a extraviarse por sí mismo; y a proclamar confiadamente la paz para sí cuando no hay paz.
«De esto, los ejemplos comunes que he extraído de la vida son demasiado notorios como para requerir mucha prueba. Si alguien duda de su realidad, o cree imposible que un hombre sea tan iluso de sí mismo, —debo remitirlo un momento a sus propias reflexiones, y entonces me atreveré a confiar mi apelación a su propio corazón.
«Que considere en cuán diferente grado de detestación se hallan allí multitud de acciones malvadas, aunque igualmente malas y viciosas en su propia naturaleza; —pronto descubrirá que aquellas a cuya comisión le han empujado la fuerte inclinación y la costumbre suelen ir abrigadas y pintadas con todas las falsas bellezas que una mano blanda y lisonjera pueda darles; —y que las otras, hacia las que no siente propensión alguna, aparecen de golpe desnudas y deformes, rodeadas de todas las verdaderas circunstancias de insensatez y deshonor.
«Cuando David sorprendió a Saúl durmiendo en la cueva y le cortó el borde del manto, leemos que su conciencia le remordió por lo que había hecho: —Pero en el asunto de Urías, donde un criado fiel y valiente, a quien debió amar y honrar, cayó para dejar paso a su lascivia, —cuando la conciencia tenía motivos mucho mayores para dar la voz de alarma, su corazón no le remordió. Había pasado casi un año entero desde la primera comisión de aquel crimen hasta el momento en que Natán fue enviado a reprenderlo; y no leemos ni una sola vez el menor pesar o compunción de corazón que manifestara durante todo ese tiempo por lo que había hecho.
«Así la conciencia, este otrora capaz monitor, —situado en lo alto como juez dentro de nosotros, y concebido por nuestro Creador como uno justo y ecuánime también, —por una infeliz cadena de causas e impedimentos, toma a menudo una consciencia tan imperfecta de lo que ocurre, —cumple su cometido tan negligentemente, —a veces de un modo tan corrompido, —que no se puede confiar solo en ella; y por eso hallamos que hay una necesidad, una absoluta necesidad, de unir otro principio a ella para ayudar, si no gobernar, sus determinaciones.
«De modo que, si queréis formarnos un justo juicio de aquello en lo que os va de infinita importancia no ser engañados, —a saber, en qué grado de mérito real os halláis, ya sea como un hombre honrado, un ciudadano útil, un fiel súbdito de vuestro rey o un buen servidor de vuestro Dios, —invocad a la religión y a la moral. —Mirad: ¿qué está escrito en la ley de Dios? —¿Cómo lees? —Consultad la razón calmada y las inmutables obligaciones de la justicia y la verdad; —¿qué dicen?
«Que la Conciencia determine el asunto basándose en estos informes; —y entonces, si tu corazón no te condena, que es el caso que el apóstol supone, —la regla será infalible;» —[aquí el dr. Slop se quedó dormido] —[«tendréis confianza para con Dios; —es decir, tendréis justos motivos para creer que el juicio que habéis emitido sobre vosotros mismos es el juicio de Dios; y nada más que una anticipación de esa sentencia justa que os será pronunciada más adelante por aquel Ser a quien debéis rendir cuentas finalmente de vuestras acciones.
«¡Bienaventurado el hombre, en verdad, pues —como lo expresa el autor del Eclesiástico— no está aguijoneado por la multitud de sus pecados: Bienaventurado el hombre cuyo corazón no lo ha condenado; ya sea rico, ya sea pobre, si tiene un buen corazón (un corazón así guiado e informado), se regocijará en todo momento con un semblante alegre; su mente le dirá más que siete atalayas que se sientan en lo alto sobre una torre»]. —[Una torre no tiene fuerza, apostilló mi tío Toby, a menos que esté flanqueada]. —[«En las dudas más oscuras lo guiará con más seguridad que a mil casuistas, y dará al Estado en que vive una garantía mejor para su conducta que todas las causas y restricciones juntas que los legisladores se ven obligados a multiplicar: —Obligados, digo, tal como están las cosas; no siendo las leyes humanas una cuestión de elección original, sino de pura necesidad, introducidas para atajar los nefastos efectos de aquellas conciencias que no son ley para sí mismas; con la buena intención, dadas las muchas previsiones hechas, —de que en todos estos casos corrompidos y descarriados en que los principios y los frenos de la conciencia no logran hacernos rectos, —se supla su fuerza y, mediante los terrores de las cárceles y las horcas, se nos obligue a ello».
[Veo claramente, dijo mi padre, que este sermón ha sido compuesto para ser predicado en el Temple, —o en alguna Audiencia de Assizes. -Me gusta el razonamiento, —y siento que el dr. Slop se haya dormido antes del momento de su convicción: —pues ahora resulta claro que el ministro protestante, como creí al principio, jamás insultó lo más mínimo a san Pablo; —ni ha habido, hermano, la menor diferencia entre ellos. —¡Gran cosa si hubieran diferido!, replicó mi tío Toby, —los mejores amigos del mundo pueden diferir a veces. —Es verdad, —hermano Toby, apostilló mi padre estrechándole la mano, —cargaremos nuestras pipas, hermano, y entonces Trim continuará.
Bien, —¿qué opinas de esto?, dijo mi padre dirigiéndose al cabo Trim al tiempo que alcanzaba su tabaquera.
Pienso, respondió el cabo, que las siete atalayas sobre la torre, que supongo que son todos centinelas allí, —son más, si place a vuestra señoría, de lo necesario; —y proceder a ese ritmo destrozaría a un regimiento entero, lo cual un oficial al mando que ama a sus hombres nunca hará si puede evitarlo, porque dos centinelas, añadió el cabo, son tan buenos como veinte. —Yo mismo he sido oficial al mando en el Cuerpo de Guardia cien veces, continuó Trim, incorporándose una pulgada más en su estatura a medida que hablaba, —y todo el tiempo que tuve el honor de servir a su majestad el rey Guillermo relevando los puestos más importantes, jamás dejé más de dos en mi vida. —Muy bien dicho, Trim, apostilló mi tío Toby, —pero no consideras, Trim, que las torres en los días de Salomón no eran tales cosas como nuestros bastiones, flanqueados y defendidos por otras obras; —esto, Trim, fue una invención posterior a la muerte de Salomón; ni tenían obras cornudas, ni revellines ante la cortina en su tiempo; —ni un foso como el que hacemos con una cubeta en medio de él, y con caminos cubiertos y contraescarpas empalizadas a lo largo para guardarse de un golpe de mano: —De modo que los siete hombres sobre la torre eran un destacamento, me atrevo a decir, del Cuerpo de Guardia, colocado allí no solo para vigilar, sino para defenderla. —No podían ser otra cosa, si place a vuestra señoría, que la guardia de un cabo. —Mi padre sonrió por dentro, pero no por fuera; —siendo el tema demasiado serio, considerando lo que había sucedido, como para bromear con él. —Así que, poniéndose la pipa en la boca, que acababa de encender, —se conformó con ordenar a Trim que siguiera leyendo. Este prosiguió de la siguiente manera:]
«Tener el temor de Dios ante nuestros ojos y, en nuestros tratos mutuos, regir nuestras acciones por las medidas eternas del bien y del mal: —Lo primero de esto comprenderá los deberes de la religión; —lo segundo, los de la moral, los cuales están tan inseparablemente conectados que no podéis dividir estas dos tablas, ni siquiera en la imaginación (aunque a menudo se intente en la práctica), sin quebrantarlas y destruirlas mutuamente a ambas.
«Dije que el intento se hace a menudo; y así es; —no habiendo nada más común que ver a un hombre que no tiene ningún sentido de la religión, y que de hecho tiene tanta honradez como para no fingir ninguna, que se tomaría como el más grave ultraje si se le insinuara tan solo la sospecha de su catadura moral, —o se imaginara que no era concienzudamente justo y escrupuloso hasta el último óbolo.
«Cuando hay cierta apariencia de que es así, —aunque uno sea reacio incluso a sospechar la apariencia de una virtud tan amable como la honradez moral, sin embargo, si tuviéramos que examinar los fundamentos de esta en el presente caso, estoy persuadido de que hallaríamos pocos motivos para envidiar a tal sujeto el honor de su móvil.
«Declame con la pompa que elija sobre el asunto, se verá que descansa sobre un fundamento no mejor que su interés, su orgullo, su comodidad o alguna otra pasión menuda y voluble que nos ofrecerá muy poca seguridad sobre sus acciones en casos de gran tribulación.
«Ilustraré esto con un ejemplo.
«Sé que el banquero con quien trato, o el médico a quien suelo llamar» —[no hay necesidad, exclamó el dr. Slop (despertando), de llamar a ningún médico en este caso] —«no son ninguno de los dos hombres muy religiosos: los oigo burlarse de ello todos los días y tratar todas sus sanciones con tanto desprecio que no queda duda al respecto. Bien; —a pesar de esto, pongo mi fortuna en manos del uno: —y lo que es aún más querido para mí, confío mi vida a la honesta destreza del otro.
«Ahora bien, examinemos cuál es mi razón para esta gran confianza. Pues bien, en primer lugar, creo que no hay probabilidad de que ninguno de los dos emplee el poder que pongo en sus manos en mi detrimento; —considero que la honradez sirve a los propósitos de esta vida: —sé que su éxito en el mundo depende de la decencia de su reputación. —En una palabra, estoy persuadido de que no pueden hacerme daño sin dañarse más a sí mismos.
«Pero planteémoslo de otro modo, a saber, que el interés estuviera, por una vez, en el otro lado; que se diera el caso de que el uno, sin mancillar su reputación, pudiera escamotear mi fortuna y dejarme en la indigencia; —o que el otro pudiera enviarme al otro mundo y disfrutar de una hacienda por mi muerte, sin deshonor para sí mismo ni para su arte: —En este caso, ¿qué sujeción tengo sobre cualquiera de ellos? —La religión, el más fuerte de todos los motivos, queda fuera de la cuestión; —el interés, el siguiente motivo más poderoso del mundo, está fuertemente en mi contra: —¿Qué me queda para arrojar a la balanza opuesta y contrarrestar esta tentación? —¡Ay! No tengo nada, —nada más ligero que una pompa de jabón —He de quedar a merced del Honor, o de algún principio caprichoso semejante. —¡Flaca garantía para dos de las más valiosas bendiciones!: —mi propiedad y mi persona.
«Por tanto, así como no podemos tener dependencia alguna en la moral sin la religión; —asimismo, por otra parte, nada mejor cabe esperar de la religión sin la moral; sin embargo, no es ningún prodigio ver a un hombre cuyo carácter moral real anda muy por los suelos, que no obstante alberga el más alto concepto de sí mismo a la luz de un hombre religioso.
«No solo será codicioso, vengativo, implacable, —sino incluso deficiente en puntos de honradez común; sin embargo, puesto que despotrica a voces contra la infidelidad de la época, —es fervoroso en ciertos puntos religiosos, —va dos veces al día a la iglesia, —asiste a los sacramentos —y se solaza con unas pocas prácticas instrumentales de la religión, —engañará a su conciencia para formarse el juicio de que, por ello, es un hombre religioso y ha cumplido verdaderamente su deber para con Dios: Y veréis que tal hombre, por la fuerza de este autoengaño, suele mirar con orgullo espiritual a cualquier otro hombre que tenga menos afectación de piedad, —aunque tal vez posea diez veces más honradez real que él.
«Esto también es un mal grave debajo del sol; y creo que no hay ningún principio erróneo que, en su momento, haya causado más graves estragos. —Como prueba general de esto, —examinad la historia de la iglesia romana;» —[bien, ¿qué sacas en claro de eso?, exclamó el dr. Slop] —[«ved qué escenas de crueldad, asesinato, rapiña, derramamiento de sangre» —[pueden agradecer su propia obstinación, exclamó el dr. Slop] —[«han sido santificadas por una religión no estrictamente regida por la moral.
«En cuántos reinos del mundo» —[aquí Trim no dejaba de agitar su mano derecha desde el sermón hasta la extensión de su brazo, llevándola de atrás adelante hasta la conclusión del párrafo].
«En cuántos reinos del mundo la espada cruzada de este descarriado caballero andante no ha perdonado ni la edad, ni el mérito, ni el sexo, ni la condición? —Y, como luchaba bajo las banderas de una religión que lo liberaba de la justicia y de la humanidad, no mostró ninguna; las hollaría despiadadamente a ambas, —no escuchó los lamentos de los desafortunados ni se apiadó de sus tribulaciones».
[He estado en muchas batallas, si place a vuestras señorías, apostilló Trim suspirando, pero jamás en una tan melancólica como esta; —no habría apretado un gatillo en ella contra estas pobres almas —por haber sido nombrado oficial general. —¿Por qué? ¿Qué entiendes tú del asunto?, dijo el dr. Slop, mirando a Trim con algo más de desprecio del que el honesto corazón del cabo merecía. —¿Qué sabes tú, amigo, de esta batalla de la que hablas? —Sé, replicó Trim, que jamás le negué cuartel en mi vida a nadie que lo suplicara; —pero a una mujer o a un niño, continuó Trim, antes de apuntarles con mi mosquete, perdería la vida mil veces. —Aquí tienes una corona, Trim, para beber con Obadiah esta noche, apostilló mi tío Toby, y yo le daré otra a Obadiah también. —Dios bendiga a vuestra señoría, respondió Trim, —preferiría que la tuvieran estas pobres mujeres y niños. —Eres un buen muchacho, apostilló mi tío Toby. —Mi padre asintió con la cabeza, como queriendo decir: —y tanto que lo es.
Pero te ruego, Trim, dijo mi padre, que termines, —pues veo que solo te quedan una o dos hojas.
El cabo Trim prosiguió la lectura].
«Si el testimonio de los siglos pasados en este asunto no es suficiente, —considerad en este mismo instante cómo los devotos de esa religión traman cada día prestar servicio y honor a Dios mediante acciones que son una deshonra y un escándalo para ellos mismos.
«Para convenceros de esto, venid conmigo un momento a las prisiones de la Inquisición». —[Dios ayude a mi pobre hermano Tom]. —[«Contemplad a la Religión, con la Piedad y la Justicia encadenadas bajo sus pies, —sentada allí cadavérica sobre un tribunal negro, apuntalada con potros e instrumentos de tormento. ¡Escuchad! —¡escuchad qué lamento tan lastimoso!»] —[aquí el rostro de Trim se puso tan pálido como la ceniza]. —[«Ved al infeliz desdichado que lo profirió»] —[aquí las lágrimas empezaron a gotear por sus mejillas] —[«recién sacado para sufrir la angustia de un simulacro de juicio y soportar los mayores dolores que un sistema estudiado de crueldad ha sido capaz de inventar».] —[¡Malditos sean todos!, exclamó Trim, volviéndole el color al rostro tan rojo como la sangre]. —[«Contemplad a esta indefensa víctima entregada a sus verdugos, —su cuerpo tan consumido por la pena y el encierro»] —[¡Oh!, es mi hermano, exclamó el pobre Trim con una exclamación de lo más apasionada, dejando caer el sermón al suelo y batiendo las manos —temo que sea el pobre Tom. El corazón de mi padre y el de mi tío Toby se encogieron de compasión ante el sufrimiento del buen muchacho; el propio Slop le reconoció piedad. —Vamos, Trim, dijo mi padre, esto no es una historia, —es un sermón lo que estás leyendo; te ruego que empieces la frase otra vez]. —[«Contemplad a esta indefensa víctima entregada a sus verdugos, —su cuerpo tan consumido por la pena y el encierro, que veréis cada nervio y cada músculo a medida que sufre.
«¡Observad el último movimiento de ese horrible artefacto!»] —[Preferiría enfrentarme a un cañón, apostilló Trim dando una palmada en el suelo]. —[«¡Mirad a qué convulsiones lo ha arrojado! —Considerad la naturaleza de la postura en qué yace ahora estirado, —¡qué exquisitos tormentos padece con ella!»] —[Espero que no sea en Portugal]. —[«¡Es todo lo que la naturaleza puede soportar! ¡Dios santo! ¡Mirad cómo mantiene su alma cansada suspendida de sus temblorosos labios!»] —[No leería otra línea de esto, apostilló Trim, por todo este mundo; —temo, si place a vuestras señorías, que todo esto sea en Portugal, donde está mi pobre hermano Tom. Te digo otra vez, Trim, apostilló mi padre, que no es un relato histórico, —es una descripción. —Es solo una descripción, buen hombre, apostilló Slop, no hay una palabra de verdad en ello. —Eso es otra historia, replicó mi padre. —Sin embargo, como Trim lo lee con tanta inquietud, —es una crueldad obligarle a seguir adelante. —Dame el sermón, Trim, —lo terminaré por ti y ya puedes marcharte. Debo quedarme a escucharlo también, replicó Trim, si vuestra señoría me lo permite; —aunque no lo leería yo mismo por la paga de un coronel. —¡Pobre Trim!, apostilló mi tío Toby. Mi padre continuó]. —
« —¡Considerad la naturaleza de la postura en que yace ahora estirado, —qué exquisito tormento padece con ella! —¡Es todo lo que la naturaleza puede soportar! ¡Dios santo! ¡Mirad cómo mantiene su alma cansada suspendida de sus temblorosos labios, —dispuesta a despedirse, —pero sin permitírsele partir! —¡Contemplad al infeliz desdichado conducido de vuelta a su celda!» —[Entonces, gracias a Dios al menos, apostilló Trim, no lo han matado]. —[«¡Mirad cómo lo sacan a arrastras de nuevo para hacer frente a las llamas y a los insultos en sus últimas agonías que este principio, —este principio de que puede haber religión sin misericordia, ha preparado para él!»] —[Entonces, gracias a Dios, —está muerto, apostilló Trim, —ya no sufre, —y le han hecho lo peor que han podido. —¡Oh, señores! —Silencio, Trim, dijo mi padre prosiguiendo con el sermón, no fuera a indisponer Trim al dr. Slop, —jamás acabaremos a este paso].
«El modo más seguro de poner a prueba el mérito de cualquier noción discutida es rastrear las consecuencias que tal noción ha producido y compararlas con el espíritu del cristianismo; —es la regla breve y decisiva que nuestro Salvador nos ha dejado para estos y semejantes casos, y vale por mil argumentos: — Por sus frutos los conoceréis.
«No añadiré más a la extensión de este sermón que dos o tres reglas breves e independientes deducibles de él.
« Primero : Siempre que un hombre despotrique a voces contra la religión, sospechen siempre que no es su razón, sino sus pasiones, las que se han impuesto a su Credo. Una mala vida y una buena creencia son vecinas desagradables y molestas, y donde se separan, tened la seguridad de que no es por otra causa que por amor a la tranquilidad.
« Segundo : Cuando un hombre así representado os diga en un caso particular —que tal cosa va en contra de su conciencia, —creed siempre que quiere decir exactamente lo mismo que cuando os dice que tal cosa va en contra de su estómago; —siendo la falta actual de apetito por lo general la verdadera causa de ambas cosas.
«En una palabra, —no confiéis en absoluto en aquel hombre que no tiene Conciencia en todo.
«Y, en vuestro propio caso, recordad esta sencilla distinción —un error en la cual ha arruinado a millares—: que vuestra conciencia no es una ley: —No, Dios y la razón hicieron la ley y han colocado la conciencia dentro de vosotros para juzgar; —no, como un cadí asiático, conforme a los flujos y reflujos de sus propias pasiones, —sino como un juez británico en esta tierra de libertad y buen juicio, que no promulga ninguna ley nueva, sino que declara fielmente aquella ley que ya sabe escrita».
Finis
Has leído el sermón extremada y perfectamente, Trim —dijo mi padre—. Si se hubiera ahorrado sus comentarios —replicó el doctor Slop—, lo habría leído mucho mejor. Yo lo habría leído diez veces mejor, señor —contestó Trim—, a no ser porque tenía el corazón tan oprimido. Esa fue precisamente la razón, Trim —replicó mi padre—, que te ha hecho leer el sermón tan bien como lo has hecho; y si el clero de nuestra iglesia —continuó mi padre, dirigiéndose al doctor Slop— se implicara en lo que predica tan profundamente como lo ha hecho este pobre muchacho —ya que sus composiciones son excelentes— [Lo niego, dijo el doctor Slop] —Lo sostengo—, que la elocuencia de nuestros púlpitos, con temas tan capaces de inflamarla, sería un modelo para todo el mundo: —¡Mas ay! —continuó mi padre—, y lo confieso, señor, con pesar, que, al igual que los políticos franceses a este respecto, lo que ganan en el gabinete lo pierden en el campo. —Sería una lástima —dijo mi tío— que esto se perdiera. El sermón me gusta —replicó mi padre—, es dramático, —y hay algo en ese modo de escribir que, cuando se maneja con destreza, capta la atención. —Nosotros predicamos mucho de ese modo —dijo el doctor Slop—. —Eso lo sé muy bien —dijo mi padre—, pero con un tono y unos modales que disgustaron al doctor Slop tanto como su simple asentimiento podría haberle complacido. —Pero en esto —añadió el doctor Slop, un tanto picado—, nuestros sermones llevan una gran ventaja, y es que jamás introducimos en ellos a ningún personaje inferior a un patriarca o a la esposa de un patriarca, o a un mártir o a un santo. —Hay personajes muy malos en este, sin embargo —dijo mi padre—, y no creo que el sermón sea ni un ápice peor por su culpa. —Pero dígame, por favor —dijo mi tío Toby—, ¿de quién puede ser esto? —¿Cómo pudo llegar a mi Stevinus? —Hay que ser un mago tan grande como Stevinus —dijo mi padre— para resolver la segunda cuestión: —La primera, me parece, no es tan difícil; —pues, a menos que mi juicio me engañe mucho, —conozco al autor, ya que está escrito, sin duda alguna, por el clérigo de la parroquia.
La similitud del estilo y la manera de aquel, con los que mi padre había oído predicar constantemente en su iglesia parroquial, fue el fundamento de su conjetura —lo cual lo demostraba con tanta fuerza como un argumento a priori podía demostrar semejante cosa a una mente filosófica— de que era de Yorick y de nadie más: quedó demostrado a posteriori, al día siguiente, cuando Yorick envió a un criado a la casa de mi tío Toby para preguntar por él.
Parece que Yorick, que era curioso en pos de toda clase de conocimientos, había tomado prestado a Stevinus de mi tío Toby, y había metido descuidadamente su sermón, tan pronto como lo hubo hecho, en medio de Stevinus; y por un acto de despiste, al que siempre fue propenso, había mandado a Stevinus a casa, y su sermón para hacerle compañía.
¡Desdichado sermón! ¡Fuiste perdido, tras este rescate tuyo, por segunda vez, al caer por una inesperada rendija del bolsillo de tu amo, hasta lo más hondo de un traicionero y ajado forro; pisoteado en el fango por la pezuña trasera izquierda de su Rocinante, que te pisó cruelmente al caer tú; sepultado diez días en el lodo, —rescatado de él por un mendigo, —vendido por medio penique a un sacristán, —transferido a su cura, —perdido para siempre para tu dueño, el resto de sus días, —ni devuelto a sus inquietos Manes hasta este mismo momento en que le cuento la historia al mundo.
¿Puede el lector creer que este sermón de Yorick fue predicado en unas sesiones de asizes, en la catedral de York, ante mil testigos dispuestos a jurarlo, por cierto prebendado de dicha iglesia, y que lo imprimió realmente al terminar,⸺y en un plazo tan breve como dos años y tres meses después de la muerte de Yorick?— A Yorick, en verdad, nunca le sirvieron mejor en vida;⸻pero fue un tanto duro maltratarle después, y saquearle una vez sepultado.
Sin embargo, como el caballero que lo hizo estaba en perfecta caridad con Yorick,—y, con la conciencia de su propia justicia, imprimió solo unos pocos ejemplares para regalar;—y como me han dicho que además podría haber hecho uno tan bueno él mismo, si lo hubiera tenido por conveniente,—declaro que no habría publicado esta anécdota al mundo;⸺ni la publico con la intención de dañar su reputación y su promoción en la Iglesia;⸺eso se lo dejo a otros;—pero me veo impulsado por dos razones a las que no puedo resistirme.
La primera es que, al hacer justicia, pueda darle descanso al fantasma de Yorick; el cual —según creen la gente del campo y algunos otros— aún deambula.
La segunda razón es, que, al exponer esta historia al mundo, gano la oportunidad de informarle —que en caso de que el carácter del pastor Yorick y esta muestra de sus sermones gusten,— hay ahora en posesión de la familia Shandy tantos como para hacer un hermoso volumen, a disposición del mundo,— y que le hagan mucho bien.