Mi padre yacía estirado sobre la cama tan inmóvil como si la mano de la muerte lo hubiera derribado, durante hora y media larga antes de empezar a juguetear en el suelo con la punta de aquel pie que colgaba del borde de la cama; el corazón de mi tío Toby se aligeró un kilo gracias a ello.—En pocos momentos, su mano izquierda, cuyos nudillos habían estado apoyados todo el tiempo en el asa del orinal, volvió a cobrar sensibilidad—la metió un poco más bajo la cortinilla—retiró la mano, al terminar, hacia su pecho—¡dio una tosecilla! Mi buen tío Toby, con infinito placer, le respondió; y de muy buena gana habría injertado una frase de consolación a partir de la brecha que aquello ofrecía: pero al no tener talento, como ya dije, para tales menesteres, y temiendo además empezar con algo que pudiera empeorar las cosas, se contentó con apoyar plácidamente la barbilla sobre la cruz de su muleta.
Ahora bien, si la compresión redujo el rostro de mi tío Toby a un óvalo más placentero, o si la filantropía de su corazón, al ver a su hermano empezar a emerger del mar de sus aflicciones, le había tensado los músculos⸺de modo que la presión sobre su barbilla no hizo sino duplicar la benignidad que ya había allí⸺, no es difícil de decidir.⸺Mi padre, al volver los ojos, quedó impresionado por tal destello de sol en su rostro, que deshizo la morosidad de su pena en un instante.
Rompió el silencio de la siguiente manera: