El docto obispo Hall, quiero decir el famoso Dr. Joseph Hall, que fue obispo de Exeter en el reinado del rey Jacobo primero, nos cuenta en una de sus Décadas, al final de su divino arte de la meditación, impreso en Londres, en el año 1610, por John Beal, domiciliado en la calle Aldersgate, «que es cosa abominable que un hombre se alabe a sí mismo»;⸺y verdaderamente creo que lo es.
Y sin embargo, por otra parte, cuando una cosa es ejecutada de un modo magistral, cuya cosa es improbable que llegue a descubrirse;—pienso que es igualmente abominable que un hombre pierda el honor de ella y se vaya del mundo con la presunción pudriéndosele en la cabeza.
Esta es precisamente mi situación.
Porque en esta larga digresión a la que me vio conducido el azar, como en todas mis digresiones (a una sola excepción), hay una obra maestra de pericia digresiva cuyo mérito, me temo, ha pasado desapercibido para mi lector todo este tiempo, no por falta de penetración de su parte, sino porque es una excelencia que rara vez se busca, o de verdad se espera, en una digresión; y es la siguiente: que aunque mis digresiones son todas legítimas, como observan, y vuelo de lo que me ocupa tan lejos, y tan a menudo también, como cualquier escritor de la Gran Bretaña; sin embargo, cuido constantemente de disponer las cosas de modo que mi asunto principal no se detenga en mi ausencia.
Iba precisamente, por ejemplo, a haberos trazado los grandes rasgos del caprichosísimo carácter de mi tío Toby;—cuando mi tía Dinah y el cochero se nos cruzaron, y nos desviaron en una digresión algunos millones de millas hasta el mismo corazón del sistema planetario:
No obstante todo esto, advertís que el dibujo del carácter de mi tío Toby continuó suavemente todo el tiempo;—no sus grandes contornos,—eso era imposible,—sino algunos trazos familiares y tenues delineaciones del mismo fueron punteándose aquí y allá, a medida que avanzábamos, de modo que ahora estáis mucho más familiarizados con mi tío Toby que antes.
Por este artificio, la maquinaria de mi obra es de una especie única; se introducen en ella dos movimientos contrarios, y se concilian, los cuales se creían incompatibles el uno con el otro. En una palabra, mi obra es digresiva y también progresiva,—y al mismo tiempo.
Esto, señor, es una historia muy diferente de la de que la tierra gire alrededor de su eje, en su rotación diurna, junto con su avance en su órbita elíptica que trae consigo el año, y constituye esa variedad y vicisitud de estaciones de las que disfrutamos;—aunque confieso que aquello me sugirió la idea,—así como creo que las mayores de nuestras tan vanagloriadas mejoras y descubrimientos han surgido de tan insignificantes indicios.
Las digresiones, indiscutiblemente, son el sol;—son la vida, ¡el alma de la lectura!—quitadlas de este libro, por ejemplo,—tanto valdría que os llevaráis el libro con ellas;—un frío eterno e invierno reinaría en cada una de sus páginas; devolvedlas al escritor;—él avanza como un novio,—da el parabién; trae variedad y prohíbe que decaiga el apetito.
Toda la destreza consiste en su buen aderezo y manejo, de modo que redunden no solo en beneficio del lector, sino también del autor, cuya angustia, en este asunto, es verdaderamente digna de lástima:
Porque, si emprende una digresión,—desde ese mismo momento, observo, toda su obra se queda completamente estancada;—y si prosigue con su obra principal,—entonces se acabó su digresión.
⸺Este es un trabajo vil.—Por cuya razón, desde el principio de esto, ya ve usted, he construido la obra principal y las partes adventicias de ella con tales intersecciones, y he complicado y enredado de tal modo los movimientos digresivos y progresivos, una rueda dentro de otra, que toda la máquina, en general, se ha mantenido en marcha;—y, lo que es más, se mantendrá en marcha durante estos cuarenta años, si place a la fuente de la salud bendecirme tanto tiempo con vida y buenos ánimos.