“Ahora bien, el humo del fuego soplaba hacia mí, y debió de abrumarme de repente. Además, en el aire flotaba el vapor de alcanfor. Mi fuego no necesitaría ser avivado en una hora más o menos. Me sentí muy fatigado tras mi esfuerzo y me senté. El bosque, además, estaba lleno de un murmullo soporífero que no lograba comprender. Me pareció simplemente cabecear y abrir los ojos. Pero todo era oscuridad, y los Morlocks me habían echado mano. Sacudiéndome de encima sus dedos aferrados, busqué apresuradamente en el bolsillo la caja de cerillas y... ¡había desaparecido! Entonces volvieron a agarrarme y se me abalanzaron. En un instante supe lo que había ocurrido. Me había dormido, mi fuego se había apagado y la amargura de la muerte invadió mi alma. El bosque parecía rebosar a olor a madera quemada. Fui apresado por el cuello, por los cabellos, por los brazos, y derribado. Resultaba indescriptiblemente horrible sentir en la oscuridad a todas aquellas criaturas blandas amontonadas sobre mí. Sentí como si estuviera en la monstruosa tela de una araña. Fui dominado y caí al suelo. Sentí pequeños dientes mordisqueando mi cuello. Rodé sobre mí mismo, y al hacerlo mi mano dio contra mi palanca de hierro. Eso me devolvió las fuerzas. Me incorporé a empujones, sacudiéndome de encima a las ratas humanas, y, sujetando la barra corta, lancé estocadas allí donde calculé que debían de estar sus rostros. Pude sentir la cesión blanda de la carne y los huesos bajo mis golpes, y por un momento quedé libre.
Me invadió la extraña exultación que tan a menudo parece acompañar a los combates duros. Sabía que tanto Weena como yo estábamos perdidos, pero estaba decidido a hacer que los Morlocks pagaran caro por su presa. Me quedé de espalda a un árbol, agitando la barra de hierro ante mí. Todo el bosque estaba lleno de su movimiento y sus gritos. Pasó un minuto. Sus voces parecieron elevarse a un tono más alto de emoción, y