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nydus/The Time MachinePublic
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Ya alcanzaba a oír sus risitas murmullantes mientras venían hacia mí. Muy calmoso intenté encender la cerilla. No tenía más que accionar las palancas y marcharme entonces como un fantasma. Pero había pasado por alto una pequeñez. Las cerillas eran de esa clase abominable que solo encienden en la caja.

“Podéis imaginar cómo se desvaneció toda mi calma. Las pequeñas bestias estaban muy cerca de mí. Una me rozó. Di un golpe circular en la oscuridad con las palancas y comencé a trepar a la silla de la máquina. Entonces una mano se posó sobre mí y luego otra. A partir de ahí tuve que luchar contra sus dedos persistentes por mis palancas y, al mismo tiempo, buscar a tanteo los salientes sobre los que encajaban. Una de ellas, de hecho, casi me la arrancan. Al vérseme resbalar de las manos, tuve que dar un cabezazo en la oscuridad —pude oír cómo resonaba el cráneo del morlock— para recuperarla. Fue cosa más apurada que la pelea en el bosque, creo yo, esta última carrerilla.

“Pero al fin la palanca encajó y fue tirada hacia atrás. Las manos aferradas se desprendieron de mí. La oscuridad cayó de mis ojos al poco tiempo. Me hallé en la misma luz gris y en el tumulto que ya he descrito.

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