uso del lenguaje figurado. Sus oraciones solían ser simples y de dos palabras, y fui incapaz de transmitir o comprender ninguna proposición que no fuera la más simple. Decidí apartar lo más posible en un rincón de la memoria la idea de mi Máquina del Tiempo y el misterio de las puertas de bronce bajo la esfinge, hasta que mi creciente conocimiento me llevara de vuelta a ellas de manera natural. Sin embargo, cierto sentimiento, como podréis comprender, me ataba a un radio de unas pocas millas alrededor del punto de mi llegada.
“Por lo que pude ver, el mundo entero mostraba la misma exuberante riqueza que el valle del Támesis.
Desde cada colina que escalé vi la misma abundancia de espléndidos edificios, infinitamente variados en material y estilo, los mismos matorrales tupidos de perennifolias, los mismos árboles cargados de flores y arborescentes helechos. Aquí y allá el agua brillaba como la plata, y más allá la tierra se elevaba en colinas onduladas de color azul, fundiéndose así en la serenidad del cielo.
Un rasgo peculiar que pronto atrajo mi atención fue la presencia de ciertos pozos circulares, varios de los cuales, según me pareció, eran de gran profundidad. Uno yacía junto al sendero cuesta arriba que había seguido durante mi primer paseo. Como los demás, estaba bordeado de bronce, artísticamente labrado, y protegido de la lluvia por una pequeña cúpula.
Sentado junto a estos pozos y oteando la oscuridad del tiro, no pude ver ningún destello de agua, ni pude provocar reflejo alguno con una cerilla encendida. Pero en todos ellos escuché un sonido determinado: un sordo golpe —un sordo golpe—, como el latido de alguna gran máquina; y descubrí, por el destello de mis cerillas, que una corriente de aire constante descendía por los pozos. Además, arrojé un trozo de papel a la boca de uno y, en vez de revolotear lentamente hacia abajo, fue succionado de inmediato y con rapidez hasta desaparecer de la vista.