fabricarse. Y la pequeña gente no mostraba vestigio alguno de tendencia creativa. No había tiendas, ni talleres, ni indicios de importaciones entre ellos. Pasaban todo su tiempo jugando amablemente, bañándose en el río, haciendo el amor de un modo medio juguetón, comiendo fruta y durmiendo. No alcanzaba a ver cómo funcionaban las cosas.
“Luego, otra vez, respecto a la Máquina del Tiempo: algo, no sabía qué, la había llevado al interior del hueco pedestal de la Esfinge Blanca. ¿Por qué? Por mi vida que no lograba imaginarlo. Esos pozos sin agua también, esas columnas parpadeantes. Sentí que me faltaba una clave. Sentí —¿cómo decirlo?— Supongamos que encontraras una inscripción, con frases aquí y allá en un perfecto y claro inglés, y entremezcladas con ellas, otras compuestas de palabras, de letras incluso, ¡absolutamente desconocidas para ti! Pues bien, en el tercer día de mi visita, ¡así era como se me presentaba el mundo del Ochocientos Dos Mil Setecientos Uno!