bultos de grandes máquinas, todas muy corroídas y muchas averiadas, pero algunas todavía bastante completas. Ya sabéis que tengo cierta debilidad por la maquinaria, y me sentí inclinado a entretenerme entre ellas; más aún cuanto que, en su mayor parte, tenían el interés de los rompecabezas, y solo podía hacer las conjeturas más vagas sobre para qué servían. Imaginé que, si lograba resolver sus enigmas, me hallaría en posesión de poderes que podrían serme útiles contra los morlocks.
“De pronto Weena se acercó mucho a mi lado. Tan de repente que me sobresaltó. De no ser por ella, no creo que me hubiera dado cuenta de que el suelo de la galería tenía pendiente.
El extremo por el que había entrado estaba bastante por encima del suelo y se hallaba iluminado por escasas ventanas en forma de rendija. A medida que se avanzaba por la galería, el terreno iba subiendo hacia estas ventanas, hasta que al final quedaba un foso ante cada una, semejante al «patio inglés» de una casa londinense, con solo una estrecha franja de luz diurna en la parte superior. Avancé lentamente, dándole vueltas al misterio de las máquinas, y había estado demasiado concentrado en ellas como para reparar en la disminución gradual de la luz, hasta que los crecientes temores de Weena atrajeron mi atención.
Entonces vi que la galería descendía por fin hacia una oscuridad densa. Dudé y, al mirar a mi alrededor, noté que el polvo era menos abundante y su superficie menos uniforme. Más allá, hacia la penumbra, parecía estar interrumpido por numerosas huellas pequeñas y estrechas.
Con aquello revivió mi sensación de la presencia inmediata de los Morlocks. Sentí que estaba perdiendo el tiempo en un examen académico de la maquinaria. Recordé que ya estaba muy avanzada la tarde y que aún no tenía ningún arma, ni refugio, ni medio de hacer fuego. Y entonces, en la lejana negrura de la galería, oí un golpeteo peculiar y los mismos ruidos extraños que había escuchado al fondo del pozo.