Salimos del palacio mientras el sol aún estaba en parte sobre el horizonte.
Estaba decidido a llegar a la Esfinge Blanca temprano a la mañana siguiente, y antes del anochecer me proponía adentrarme en el bosque que me había detenido en el viaje anterior. Mi plan era avanzar tanto como fuera posible esa noche y luego, encendiendo una hoguera, dormir bajo la protección de su resplandor.
En consecuencia, a medida que avanzábamos fui recogiendo cuantasramas o hierba seca vi, y al poco tiempo llevaba los brazos llenos de aquellos detritos. Así cargados, nuestro avance fue más lento de lo que había previsto y, además, Weena estaba cansada. Y yo también comencé a sufrir de somnolencia, de modo que ya era noche cerrada cuando llegamos al bosque.
En la colina arbustiva de su linde Weena habría querido detenerse, temiendo la oscuridad que teníamos por delante; pero un singular sentimiento de inminente catástrofe, que en verdad me habría debido servir de advertencia, me impuso seguir adelante. Llevaba una noche y dos días sin dormir, y estaba afiebrado e irritable. Sentía que el sueño se apoderaba de mí, y con él, los Morlocks.
“Mientras dudábamos, entre los matorrales negros a nuestras espaldas, y difusas contra su negrura, vi tres siluetas agazapadas. Había matorral bajo y hierba alta por todas partes, y no me sentía a salvo de su acecho insidioso. El bosque, según calculé, tenía algo menos de una milla de ancho. Si logramos cruzarlo hasta la ladera desprovista de árboles, allí, según me parecía, había un lugar de descanso mucho más seguro; pensé que con