olor a alcanfor era inconfundible. En medio de la descomposición universal, esta sustancia volátil había tenido la suerte de sobrevivir, tal vez a través de muchos miles de siglos. Me recordó a una pintura al sepia que una vez había visto hecha con la tinta de un Belemnite fósil que debió de perecer y fosilizarse millones de años atrás. Estaba a punto de tirarlo, pero recordé que era inflamable y ardía con una buena llama brillante —era, de hecho, una excelente vela— y me lo guardé en el bolsillo. No encontré explosivos, sin embargo, ni ningún medio para derribar las puertas de bronce. Hasta el momento, mi palanca de hierro era lo más útil con lo que me había topado. No obstante, salí de aquella galería muy eufórico.
No puedo contaros toda la historia de aquella larga tarde. Requeriría un gran esfuerzo de memoria recordar mis exploraciones en el orden estrictamente debido. Recuerdo una larga galería con hileras de armas oxidadas, y cómo dudé entre mi palanca y una hacha o una espada. Sin embargo, no podía cargar con ambas cosas, y mi barra de hierro prometía dar mejor resultado contra las puertas de bronce. Había gran cantidad de escopetas, pistolas y rifles. La mayoría eran masas de herrumbre, pero muchos eran de algún metal nuevo y aún se conservaban bastante firmes. Pero los cartuchos o la pólvora que pudiera haber habido antaño se habían convertido en polvo. Vi que un rincón estaba carbonizado y hecho añicos; tal vez, pensé, a causa de una explosión entre los especímenes. En otro lugar había una vasta colección de ídolos: polinesios, mexicanos, griegos, fenicios, de todos los países de la tierra, supongo. Y allí, cediendo a un impulso irresistible, escribí mi nombre sobre la nariz de un monstruo de esteatita procedente de América del Sur que me llamó particularmente la atención.
Al caer la tarde, mi interés decayó. Recorrí galería tras galería, polvorientas, silenciosas, a menudo en ruinas, las piezas de exposición a veces meros montones de óxido y lignito, a veces más recientes. En un