“Al fin me senté en la cima del monículo, y observé esta extraña e increíble compañía de seres ciegos que tanteaban de un lado a otro, emitiendo ruidos misteriosos los unos a los otros, mientras el resplandor del fuego los golpeaba. El torbellino de humo ascendente surcaba el cielo, y a través de los escasos jirones de aquel dosel rojo, lejanas como si pertenecieran a otro universo, brillaban las pequeñas estrellas. Dos o tres Morlocks tropezaron conmigo, y los afasté a golpes de puño, temblando mientras lo hacía.
“Durante la mayor parte de aquella noche estuve convencido de que era una pesadilla. Me mordí y grité con un deseo apasionado de despertar. Golpes de manos di contra el suelo, me levanté y volví a sentarme, vagué de aquí para allá y de nuevo me senté. Luego me ponía a frotarme los ojos y a implorar a Dios que me dejara despertar.
Tres veces vi a los morlocks inclinar la cabeza en una especie de agonía y precipitarse a las llamas. Pero, al fin, por encima del moribundo rojo del fuego, por encima de las torrenciales masas de humo negro, de los blanqueados y ennegrecidos troncos de los árboles y del menguante número de aquellas criaturas sombrías, llegó la luz blanca del día.