Entonces, de repente, un anuncio me recordó que había prometido encontrarme con Richardson, el editor, a las dos. Miré mi reloj y vi que apenas podría cumplir con ese compromiso. Me levanté y bajé por el pasillo para avisarle al Viajero del Tiempo.
Al asir el picaporte de la puerta oí una exclamación, extrañamente truncada al final, seguida de un chasquido y un golpe seco. Una ráfaga de aire giró a mi alrededor al abrir la puerta, y desde el interior llegó el sonido de cristales rotos cayendo al suelo.
El Viajero del Tiempo no estaba allí. Me pareció ver por un instante una figura fantasmal e imprecisa sentada en una masa giratoria de negro y latón; una figura tan transparente que el banco de atrás, con sus hojas de dibujos, se veía con absoluta claridad; pero este fantasma se desvaneció al frotarme los ojos.
La Máquina del Tiempo había desaparecido. A excepción de un remolino de polvo que iba calmándose, el fondo del laboratorio estaba vacío. Aparentemente, uno de los cristales de la claraboya acababa de estallar hacia adentro.
Sentí un asombro desmedido. Sabía que algo extraño había sucedido, y por el momento no lograba distinguir qué podía ser aquello extraño. Mientras permanecía allí con la mirada fija, la puerta que daba al jardín se abrió y apareció el criado.
Nos miramos. Entonces empezaron a surgir las ideas.
—¿Ha salido el señor ⸻ por ese camino? —dije.
—No, señor. Nadie ha salido por este lado. Esperaba encontrarlo aquí.
En eso lo comprendí. A riesgo de decepcionar a Richardson, me quedé, esperando al Viajero del Tiempo; esperando la segunda, tal vez aún más extraña historia, y las muestras y fotografías que traería consigo.