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nydus/The Time MachinePublic
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“Alrededor de las ocho o nueve de la mañana llegué al mismo asiento de metal amarillo desde el que había contemplado el mundo la tarde de mi llegada. Pensé en mis precipitadas conclusiones de aquella tarde y no pude evitar reír amargamente de mi propia confianza.

Aquí estaba el mismo hermoso escenario, el mismo follaje abundante, los mismos espléndidos palacios y magníficas ruinas, el mismo río de plata corriendo entre sus fértiles orillas. Las alegres túnicas de la hermosa gente se movían de aquí para allá entre los árboles.

Algunos se bañaban exactamente en el lugar donde había salvado a Weena, y eso me produjo de repente una aguda punzada de dolor. Y, como manchas en el paisaje, se alzaban las cúpulas sobre los accesos al Mundo Subterráneo.

Comprendía ahora lo que toda la belleza de la gente del Mundo Superior encubría. Muy apacible era su día, tan apacible como el día del ganado en el campo. Como el ganado, no conocían enemigos ni provéan contra ninguna necesidad. Y su fin era el mismo.

Me dolía pensar cuán breve había sido el sueño del intelecto humano. Se había suicidado. Se había enfocado firmemente en el confort y la comodidad, una sociedad equilibrada con la seguridad y la permanencia como lema, había alcanzado sus esperanzas para llegar a esto al fin. En otro tiempo, la vida y la propiedad debieron de alcanzar una seguridad casi absoluta. Al rico se le había garantizado su riqueza y su comodidad, al trabajador se le había garantizado su vida y su trabajo. Sin duda, en aquel mundo perfecto no había habido problema de desempleo, ni cuestión social sin resolver. Y una gran quietud había sobrevenido.

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