del bosque en llamas, cuyas lenguas amarillas ya se retorcían, cercando por completo el espacio con una valla de fuego. Sobre la ladera había unos treinta o cuarenta morlocks, deslumbrados por la luz y el calor, que tropezaban de aquí para allá unos con otros en su desconcierto. Al principio no me di cuenta de su ceguera, y los golpeé furiosamente con mi barra, en un frenesí de miedo, a medida que se acercaban a mí, matando a uno y mutilando a varios más. Pero cuando hube observado los gestos de uno de ellos tanteando bajo el espino contra el cielo rojo, y hube oído sus gemidos, tuve la certeza de su absoluta indefensión y miseria bajo aquel fulgor, y no volví a golpear a ninguno más.
«Sin embargo, de vez en cuando alguno venía directo hacia mí, desatando un terror tembloroso que me impulsaba a eludirlo rápidamente. En un momento dado las llamas bajaron un tanto, y temí que las asquerosas criaturas lograran verme de inmediato. Estaba pensando en empezar la pelea matando a algunos de ellos antes de que esto sucediera; pero el fuego volvió a avivarse con fuerza y detuve mi mano. Caminé por la colina entre ellos y los evité, buscando algún rastro de Weena. Pero Weena había desaparecido».