“Luego, subiendo por una amplia escalera, llegamos a lo que en otro tiempo pudo ser una galería de química técnica. Y aquí albergaba no pocas esperanzas de hacer descubrimientos útiles. Salvo en un extremo donde el techo se había derrumbado, esta galería se conservaba bien. Fui con avidez a cada vitrina intacta. Y al fin, en una de las vitrinas verdaderamente herméticas, hallé una caja de cerillas. Con mucha impaciencia las probé. Estaban perfectamente bien. Ni siquiera estaban húmedas.
Me volví hacia Weena.
«Baila», le grité en su propia lengua.
Pues ahora poseía un arma de verdad contra las horribles criaturas que temíamos. Y así, en aquel museo abandonado, sobre la gruesa y blanda alfombra de polvo, para enorme regocijo de Weena, ejecuté solemnemente una especie de danza compuesta, silbando «The Land of the Leal» tan alegremente como pude.
En parte era un modesto can-cán, en parte un baile de zapateo, en parte una danza serpentina (hasta donde mi frac me lo permitía), y en parte original. Pues soy naturalmente inventivo, como sabéis.
“Ahora bien, sigo pensando que el que esta caja de cerillas se hubiera librado del desgaste del tiempo durante años inmemoriales fue algo de lo más extraño, como para mí fue algo de lo más afortunado. Sin embargo, por extraño que parezca, encontré una sustancia mucho más improbable, y esa era el alcanfor. Lo hallé en un tarro sellado que por casualidad, supongo, había quedado verdaderamente hermético. Al principio creí que era parafina y, en consecuencia, rompí el vidrio. Pero el