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nydus/The Time MachinePublic
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IV. El regreso del Viajero del Tiempo

No había grandes edificios hacia la cima de la colina y, como mis facultades para caminar eran evidentemente milagrosas, al poco tiempo me quedé a solas por primera vez. Con una extraña sensación de libertad y aventura, avancé hasta la cumbre.

“Allí encontré un asiento de algún metal amarillo que no reconocí, corroído en partes con una especie de óxido rosáceo y medio ahogado en musgo blando, con los apoyabrazos fundidos y limados a semejanza de cabezas de grifos.

Me senté en él y contemplé la amplia vista de nuestro viejo mundo bajo la puesta de sol de aquel largo día. Era una vista tan dulce y hermosa como jamás he visto. El sol ya se había ocultado bajo el horizonte y el oeste ardía en oro, matizado con algunas barras horizontales de púrpura y carmesí.

Abajo estaba el valle del Támesis, en el cual el río yacía como una banda de acero bruñido. Ya he hablado de los grandes palacios salpicados entre la verdura abigarrada, algunos en ruinas y otros aún ocupados. Aquí y allá se alzaba una figura blanca o plateada en el jardín baldío de la tierra, aquí y allá surgía la línea vertical y aguda de alguna cúpula u obelisco.

No había setos, ni señales de derechos de propiedad, ni evidencias de agricultura; toda la tierra se había convertido en un jardín.

“Así observando, comencé a dar mi propia interpretación a las cosas que había visto, y tal como tomó forma para mí aquella tarde, mi interpretación fue más o menos así. (Más tarde descubrí que solo había alcanzado una verdad a medias, o apenas un destello de una faceta de la verdad).

Me pareció que había dado con la humanidad en decadencia. El arrebol del atardecer me hizo pensar en la puesta de sol del género humano. Por vez primera comencé a percatarme de una extraña consecuencia del esfuerzo social en el que estamos enfrascados actualmente. Y, bien

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