—e incluso pueden ser obstáculos— para un hombre civilizado. Y en un estado de equilibrio físico y seguridad, el poder, tanto intelectual como físico, estaría fuera de lugar. Durante incontables años, juzgué que no había habido peligro de guerra o de violencia solitaria, ni peligro de bestias salvajes, ni enfermedades devastadoras que exigieran fortaleza de constitución, ni necesidad de fatiga. Para semejante vida, los que nosotros llamaríamos débiles están tan bien equipados como los fuertes, y de hecho ya no son débiles. Mejor equipados de hecho lo están, pues los fuertes se verían consumidos por una energía para la cual no habría vía de escape. Sin duda, la exquisita belleza de los edificios que vi fue el resultado de los últimos desbordamientos de la ahora sin propósito energía de la humanidad antes de que esta se estableciera en perfecta armonía con las condiciones bajo las cuales vivía: el florecimiento de aquel triunfo que inauguró la última gran paz. Tal ha sido siempre el destino de la energía en la seguridad; se vuelca en el arte y en el erotismo, y luego sobrevienen el languidecimiento y la decadencia.
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IV. El regreso del Viajero del Tiempo
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