«Así que volví. Durante mucho tiempo debí de quedar insensible sobre la máquina. La sucesión parpadeante de los días y las noches se reanudó, el sol volvió a dorarse, el cielo a azularse. Respiré con mayor libertad.
Los contornos fluctuantes de la tierra refluyeron y fluyeron. Las agujas giraban hacia atrás en los cuadrantes. Al fin volví a ver las tenues sombras de las casas, las evidencias de una humanidad decadente. Estas también cambiaron y pasaron, y vinieron otras.
Pronto, cuando el cuadrante del millón estuvo en cero, reduje la velocidad. Empecé a reconocer nuestra propia arquitectura, mezquina y familiar; la aguja de los miles retrocedió hasta el punto de partida, el día y la noche aletearon cada vez más despacio. Entonces las viejas paredes del laboratorio me rodearon. Con mucha suavidad, ahora, detuve el mecanismo.
“Vi una pequeña cosa que me pareció extraña. Creo que le he dicho que, cuando partí, antes de que mi velocidad fuera muy alta, la señora Watchett había cruzado la habitación desplazándose, según me pareció, como un cohete.
A la vuelta, pasé de nuevo por aquel minuto en que ella recorrió el laboratorio. Pero ahora todos sus movimientos parecían la exacta inversión de los anteriores. La puerta del extremo inferior se abrió y ella avanzó deslizándose silenciosamente por el laboratorio, de espaldas, y desapareció tras la puerta por la que había entrado antes.
Justo antes de eso me pareció ver a Hillyer por un momento; pero pasó como un destello.