principio me pareció impenetrablemente oscura. Entré en ella a tientas, pues el cambio de la luz a la negrura hacía que manchas de color flotaran ante mí. De repente me detuve como hechizado. Un par de ojos, luminosos por el reflejo de la luz del día exterior, me vigilaba desde la oscuridad.
«El viejo pavor instintivo hacia las bestias salvajes se apoderó de mí. Apreté los puños y miré fijamente aquellos ojos brillantes. Tenía miedo de dar la vuelta. Entonces acudió a mi mente el pensamiento de la seguridad absoluta en la que la humanidad parecía estar viviendo. Y luego recordé aquel extraño terror a la oscuridad. Superando mi miedo en cierta medida, di un paso al frente y hablé. He de admitir que mi voz era áspera y poco controlada. Alargué la mano y toqué algo blando. Al instante, los ojos se desviaron hacia un lado y algo blanco pasó corriendo junto a mí. Me giré con el corazón en la boca y vi una extraña y pequeña figura simiesca, con la cabeza gacha de un modo peculiar, que cruzaba corriendo el espacio bañado por el sol a mis espalda. Tropezó contra un bloque de granito, dio un traspié y en un segundo se ocultó en la negra sombra bajo otra pila de mampostería arruinada.
«Mi impresión de él es, por supuesto, imperfecta; pero sé que era de un blanco apagado, y que tenía unos extraños ojos grandes de color gris rojizo; también que había cabello rubio en su cabeza y a lo largo de su espalda. Pero, como digo, iba demasiado deprisa para que pudiera verlo con claridad. Ni siquiera puedo decir si corría a cuatro patas, o solo con los antebrazos muy bajos. Tras una pausa instantánea, lo seguí hacia el segundo montón de ruinas. No pude encontrarlo al principio; pero, al cabo de un rato en la penumbra profunda, di con una de esas aberturas redondas en forma de pozo de las que les he hablado, medio tapada por una columna caída. Un pensamiento repentino vino a mí. ¿Podría esta Cosa haber desaparecido pozo abajo? Encendí una cerilla y, al mirar hacia abajo, vi