«El gran triunfo de la Humanidad con el que había soñado cobró una forma distinta en mi mente. No había sido tal triunfo de la educación moral y la cooperación general como había imaginado. En su lugar, vi una aristocracia real, armada con una ciencia perfeccionada y llevando hasta su conclusión lógica el sistema industrial de hoy. Su triunfo no había sido simplemente un triunfo sobre la Naturaleza, sino un triunfo sobre la Naturaleza y el prójimo. Esto, debo advertirles, era mi teoría por aquel entonces. No tenía un guía oportuno al estilo de los libros utópicos. Mi explicación puede ser absolutamente errónea. Sigo creyendo que es la más plausible. Pero incluso bajo esta suposición, la civilización equilibrada que finalmente se alcanzó hacía ya mucho que había pasado su cenit y ahora se encontraba muy decadente. La seguridad demasiado perfecta de los habitantes del Mundo Superior los había conducido a un lento movimiento de degeneración, a una mengua general en tamaño, fuerza e inteligencia. Eso ya podía verlo con suficiente claridad. Lo que les había sucedido a los del Subsuelo todavía no lo sospechaba; pero por lo que había visto de los morlocks —ese, a propósito, era el nombre con el que se llamaba a estas criaturas—, podía imaginar que la modificación del tipo humano era aún mucho más profunda que entre los “eloi”, la hermosa raza que ya conocía.
«Luego vinieron dudas molestas. ¿Por qué se habían llevado los morlocks mi Máquina del tiempo? Pues estaba seguro de que habían sido ellos quienes la habían tomado. ¿Por qué también, si los eloi eran los amos, no podían devolverme la máquina? ¿Y por qué tenían tanto miedo a la oscuridad? Me dispuse, como he dicho, a interrogar a Weena sobre este Submundo, pero una vez más me llevé una desatención. Al principio no comprendía mis preguntas y al poco se negó a responderlas. Se estremeció como si el