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nydus/The Time MachinePublic
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V. El Viajero del Tiempo regresa

A medida que el cielo oriental se aclaraba, llegaba la luz del día y su colorido vivo volvía a posarse una vez más sobre el mundo, escudriñé el paisaje con atención. Pero no vi ni rastro de mis figuras blancas. Eran meras criaturas de la penumbra. «Deben de ser fantasmas —dije—; me pregunto de qué época datarían». Pues una extraña ocurrencia de Grant Allen acudió a mi cabeza y me divirtió. Si cada generación muere y deja fantasmas, argüía él, el mundo terminará por abarrotarse de ellos. Según esa teoría, habrían llegado a ser innumerables de ahí a unos Ochocientos Mil Años, y no era de extrañar tanto ver a cuatro a la vez. Pero la broma no resultaba satisfactoria, y estuve pensando en estas figuras toda la mañana, hasta que el rescate de Weena las expulsó de mi cabeza. Las relacioné de algún modo impreciso con el animal blanco que había espantado en mi primera búsqueda apasionada de la Máquina del Tiempo. Pero Weena era una agradable sustituta. Con todo, pronto iban a adueñarse de mi mente de un modo mucho más letal.

“Creo haber dicho cuánto más cálido que el nuestro era el clima de esta Edad de Oro. No puedo explicarlo. Puede ser que el sol estuviera más caliente, o la tierra más cerca del sol. Es habitual suponer que el sol continuará enfriándose de manera constante en el futuro. Pero la gente, poco familiarizada con especulaciones como las del joven Darwin, olvida que los planetas deben terminar cayendo uno por uno en el cuerpo progenitor. A medida que ocurren estas catástrofes, el sol brillará con energía renovada; y puede ser que algún planeta interior hubiera sufrido este destino. Fuera cual fuere la razón, el hecho es que el sol era mucho más cálido de lo que lo conocemos.

“Pues bien, una mañana muy calurosa —la cuarta, creo—, mientras buscaba refugio del calor y del resplandor en una ruina colosal cerca de la gran casa donde dormía y me alimentaba, sucedió esta extraña cosa: trepando entre aquellos montones de mampostería, encontré una galería estrecha, cuyas ventanas de los lados y del fondo estaban bloqueadas por masas de piedra caída. En contraste con la brillantez del exterior, al

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