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Donde viví y para qué viví

dejé yacer, en barbecho tal vez, porque un hombre es rico en proporción al número de cosas de las que puede permitirse prescindir.

Mi imaginación me llevó tan lejos que incluso tuve la opción de rechazar varias granjas —el derecho de rechazo era todo lo que quería—, pero jamás me quemé los dedos con la posesión real. Lo más cerca que estuve de la posesión real fue cuando compré la propiedad de Hollowell y había empezado a clasificar mis semillas, y reunido los materiales para hacer una carretilla en la cual acarrearlas adentro o afuera; pero antes de que el dueño me diera la escritura, su esposa —cada hombre tiene una esposa así— cambió de opinión y quiso conservarla, y él me ofreció diez dólares para que lo liberara del trato. Ahora bien, a decir verdad, yo no tenía más que diez centavos en el mundo, y superaba mi capacidad matemática determinar si yo era aquel hombre que tenía diez centavos, o el que tenía una granja, o diez dólares, o todo junto. Sin embargo, le dejé conservar los diez dólares y también la granja, pues ya lo había llevado bastante lejos; o más bien, para ser generoso, le vendí la granja exactamente por lo que había pagado por ella y, como no era un hombre rico, le hice el obsequio de diez dólares, y aún me quedaban mis diez centavos, mis semillas y los materiales para una carretilla. Descubrí así que había sido un hombre rico sin ningún perjuicio para mi pobreza. Pero conservé el paisaje, y desde entonces me he llevado cada año lo que este producía sin necesidad de carretilla. Con respecto a los paisajes,

«Soy monarca de todo lo que abarco, no hay quien dispute mi derecho».

Con frecuencia he visto retirarse a un poeta, tras haber disfrutado de la parte más valiosa de una granja, mientras el granjero gruñón creía que solo había obtenido unas pocas silvestres manzanas. > ¡Vaya!, el propietario no se da cuenta durante muchos años de que un poeta ha puesto su granja en rima —la clase

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