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Inauguración

de hacer un experimento; así que sabía de dónde venían mis materiales. Podría haber conseguido buena piedra caliza a una o dos millas y haberla quemado yo mismo, de haberme importado hacerlo.

El estanque se había cubierto entretanto de una fina capa de hielo en sus calas más umbrías y someras, unos días o incluso semanas antes de la congelación general. El primer hielo es especialmente interesante y perfecto; al ser duro, oscuro y transparente, ofrece la mejor oportunidad que jamás se presenta para examinar el fondo allí donde es poco profundo, pues uno puede estirarse por completo sobre un hielo de apenas una pulgada de espesor, como un insecto zapatero en la superficie del agua, y estudiar el fondo a su antojo, a solo dos o tres pulgadas de distancia, como un cuadro detrás de un cristal, y el agua es entonces necesariamente siempre mansa. Hay muchos surcos en la arena por donde alguna criatura se ha desplazado desandando lo andado; y, en cuanto a restos, está salpicado de estuches de larvas de frigánea hechos de minúsculos granos de cuarzo blanco. Tal vez estas los hayan marcado, pues se encuentran algunos de sus estuches en los surcos, por más que estos sean hondos y anchos para su tamaño. Pero el hielo en sí es el objeto de mayor interés, aunque hay que aprovechar la primera oportunidad para estudiarlo. Si se examina de cerca la mañana después de que se congele, se descubre que la mayor parte de las burbujas, que al principio parecían estar dentro de él, se encuentran contra su superficie inferior, y que más burbujas ascienden continuamente desde el fondo; mientras que el hielo es todavía relativamente macizo y oscuro, es decir, a través de él se ve el agua. Estas burbujas miden desde una ochenta hasta un octavo de pulgada de diámetro, son muy nítidas y hermosas, y uno ve su propio rostro reflejado en ellas a través del hielo. Puede haber entre treinta y cuarenta

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