sea, halla un resquicio por donde pasar, abre grandes cavidades, dejando ligeros soportes o puntales aquí y allá, para acabar desplomándolo. Al principio parecía un vasto fuerte azul o el Valhalla; pero cuando empezaron a meter el tosco heno de los prados en las rendijas, y este se cubrió de escarcha y carambanos, pareció una venerable ruina cubierta de musgo y canosa, construida de mármol de tonos azur, la morada del Invierno, ese anciano que vemos en el almanaque—su chabola, como si tuviera la intención de estivar con nosotros. Calculaban que ni siquiera el veinticinco por ciento de aquello llegaría a su destino, y que un dos o tres por ciento se desperdiciaría en los vagones. Sin embargo, una parte aún mayor de este montón tuvo un destino diferente al previsto; ya fuera porque se descubrió que el hielo no se conservaba tan bien como se esperaba, al contener más aire de lo habitual, o por alguna otra razón, nunca llegó al mercado. Este montón, hecho en el invierno de 1846–1847 y estimado en diez mil toneladas, fue finalmente cubierto con heno y tablas; y aunque se le quitó el tejado en el julio siguiente y una parte fue retirada, permaneciendo el resto expuesto al sol, resistió aquel verano y el invierno siguiente, y no terminó de derretirse hasta septiembre de 1848. Así el estanque recuperó la mayor parte.
Al igual que el agua, el hielo de Walden, visto de cerca, tiene un tinte verde, pero a la distancia es de un azul hermoso, y uno puede distinguirlo fácilmente del hielo blanco del río, o del hielo meramente verdoso de algunos estanques, a un cuarto de milla de distancia. A veces, uno de esos grandes bloques se desliza del trineo del nevero hacia la calle del pueblo, y permanece allí durante una semana como una gran esmeralda, un objeto de interés para todos los transeúntes. He observado que una porción de Walden que en estado líquido era verde, a menudo,