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Sonidos

la extensión del globo. Me siento más ciudadano del mundo al ver la hoja de palma que cubrirá tantas rubias cabezas de Nueva Inglaterra el verano próximo, el cáñamo de Manila y las cáscaras de coco, los viejos aparejos, los sacos de yute, la chatarra y los clavos oxidados. Este vagón lleno de velas desgarradas es hoy más legible e interesante que si se convirtieran en papel y libros impresos. ¿Quién puede escribir con tanta viveza la historia de las tormentas que han capeado como lo han hecho estos desgarros? Son pliegues de prueba que no necesitan corrección.

Ahí va la madera de los bosques de Maine, que no salió al mar en la última crecida, cuatro dólares más cara por millar a causa de la que sí se fue o quedó hecha astillas; pino, abeto, cedro⁠—de primera, segunda, tercera y cuarta calidades, que hasta hace poco eran una sola calidad, para ondear sobre el oso, el alce y el caribú. Luego rueda la cal de Thomaston, un lote de primera, que llegará muy adentro entre las colinas antes de apagarse.

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