Dios como si gozaran del monopolio del tema, incapaces de tolerar toda clase de opiniones; médicos, abogados, amas de casa intranquilas que fisgoneaban en mi alacena y en mi cama cuando yo estaba fuera—¿cómo se enteró la señora de que mis sábanas no estaban tan limpias como las suyas?—, jóvenes que habían dejado de ser jóvenes y habían llegado a la conclusión de que lo más seguro era seguir el camino trillado de las profesiones—todos ellos por lo general decían que no era posible hacer tanto bien en mi posición. ¡Ah! He ahí el quid de la cuestión. Los ancianos, los enfermos y los tímidos, de cualquier edad o sexo, pensaban sobre todo en la enfermedad, en los accidentes repentinos y en la muerte; para ellos la vida parecía llena de peligro—¿qué peligro hay si uno no piensa en ninguno?— y creían que un hombre prudente elegiría con cuidado la posición más segura, donde el doctor B. pudiera estar disponible al primer aviso. Para ellos la aldea era literalmente una comunidad, una liga para la defensa mutua, y cabría suponer que no irían a recolectar arándanos sin un botiquín. En resumidas cuentas, si un hombre está vivo, siempre corre el peligro de morir, aunque hay que reconocer que el peligro es menor en la medida en que ya esté medio muerto de entrada. Un hombre afronta tantos riesgos como los que corre. Por último, estaban los autodenominados reformadores, los más insoportables de todos, que pensaban que yo me pasaba la vida cantando—
Esta es la casa que construí; Este es el hombre que vive en la casa que construí;
pero no sabían que la tercera línea era,
Estas son las personas que preocupan al hombre que vive en la casa que construí.
No temía a los aguiluchos pálidos, pues no tenía gallinas; pero temía más bien a los hombres aguiluchos.