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Animales de invierno

a llevar su empresa hasta el final cueste lo que cueste;⁠—un individuo singularmente frívolo y caprichoso;⁠—y así se alejaba con ella hasta el lugar donde vivía, tal vez llevándola a la copa de un pino a cuarenta o cincuenta varas de distancia, y más tarde yo encontraba las tusas esparcidas por el bosque en distintas direcciones.

Por fin llegan los arrendajos, cuyos gritos discordantes se escuchaban desde mucho antes, mientras se acercaban con cautela a un octavo de milla de distancia, y de un modo furtivo y escurridizo van volando de árbol en árbol, cada vez más cerca, y recogen los granos que las ardillas han dejado caer.

Luego, sentados en una rama de pino al alquitrán, intentan tragar con prisa un grano que es demasiado grande para sus gargantas y se atragantan; y tras gran esfuerzo lo regurgitan, y pasan una hora en el empeño de partirlo a golpes repetidos con el pico.

Eran manifiestamente ladrones, y no les tenía mucho respeto; pero las ardillas, aunque al principio esquivas, se ponían a trabajar como si estuvieran tomando lo que era suyo.

Entretanto vinieron también los carboneros en bandadas, los cuales, recogiendo las migajas que las ardillas habían dejado caer, volaban a la ramita más cercana y, sujetándolas con las garras, las martillaban con sus pequeños picos, como si se tratara de un insecto en la corteza, hasta reducirlas lo suficiente para sus delgados gargantas. Una pequeña bandada de estos páridos venía diariamente a buscarse la comida en mi leñera, o a recoger las migajas de mi puerta, con notas tenues, huidizas y siseantes, como el tintineo de los carámbanos en la hierba, o bien con un alegre day day day, o más raramente, en días primaverales, un sutil y veraniego fi-bí desde el borde del bosque. Eran tan confiados que al fin uno se posó en un brazado de leña que yo llevaba adentro y picoteó los maderos sin miedo. Una vez se posó un gorrión en mi hombro por un momento

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