bueno con los pobres; refiriéndose a sí mismo. Los tíos y tías bondadosos de la raza son más estimados que sus verdaderos padres y madres espirituales. Oí una vez a un reverente conferenciante sobre Inglaterra, un hombre culto e inteligente, después de enumerar sus glorias científicas, literarias y políticas —Shakespeare, Bacon, Cromwell, Milton, Newton y otros—, hablar a continuación de sus héroes cristianos, a los cuales, como si su profesión se lo exigiera, elevó a un lugar muy por encima de todos los demás, como los más grandes entre los grandes. Eran Penn, Howard y la señora Fry. Cualquier persona ha de sentir la falsedad y la hipocresía de esto. Los últimos no eran los mejores hombres y mujeres de Inglaterra; solo eran, tal vez, sus mejores filántropos.
No restaría nada de la alabanza que se le debe a la filantropía, sino que simplemente exigiría justicia para todos aquellos que con sus vidas y obras son una bendición para la humanidad.
No valoro principalmente la rectitud y la benevolencia de un hombre, que son, por así decirlo, su tallo y sus hojas. Aquellas plantas cuya verdura marchitada empleamos para hacer tisanas para los enfermos sirven a un uso tan solo humilde, y son las más utilizadas por los curanderos.
Quiero la flor y el fruto de un hombre; que cierta fragancia llegue flotando desde él hasta mí, y cierta madurez dé sabor a nuestro trato.
Su bondad no debe ser un acto parcial y transitorio, sino una superfluidad constante, que no le cueste nada y de la cual no sea consciente. Esta es una caridad que encubre una multitud de pecados.
El filántropo demasiado a menudo rodea a la humanidad con el recuerdo de sus propios pesares desechados a modo de atmósfera, y a eso lo llama simpatía. Debemos infundir nuestro valor, y no nuestra desesperación, nuestra salud y