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Lectura

Con un poco más de deliberación en la elección de sus ocupaciones, todos los hombres se convertirían tal vez en esencialmente estudiantes y observadores, pues ciertamente su naturaleza y su destino interesan a todos por igual.

Al acumular propiedades para nosotros o para nuestra posteridad, al fundar una familia o un estado, o incluso al adquirir fama, somos mortales; pero al tratar con la verdad somos inmortales, y no debemos temer ningún cambio ni accidente.

El más antiguo filósofo egipcio u hindú levantó una esquina del velo de la estatua de la divinidad; y aún hoy ese manto tembloroso permanece levantado, y yo contemplo una gloria tan fresca como lo hizo él, puesto que era yo en él quien entonces fue tan audaz, y es él en mí quien ahora contempla la visión.

Ningún polvo se ha posado sobre ese manto; ningún tiempo ha transcurrido desde que esa divinidad fue revelada. Aquel tiempo que realmente aprovechamos, o que es susceptible de aprovechamiento, no es pasado, presente ni futuro.

Mi residencia era más favorable, no solo para el pensamiento, sino para la lectura seria, que una universidad; y aunque estaba fuera del alcance de la biblioteca circulante ordinaria, me encontraba más que nunca bajo la influencia de aquellos libros que circulan por todo el mundo, cuyas frases se escribieron por primera vez sobre corteza y hoy simplemente se copian de vez en cuando en papel de lino. Dice el poeta Mîr Camar Uddîn Mast: «Estando sentado, para recorrer la región del mundo espiritual; he tenido esta ventaja en los libros.

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