había llegado tan cerca de casa como la Rusia asiática, cuenta que sintió la necesidad de ponerse otro vestido que no fuera el de viaje cuando iba a encontrarse con las autoridades, pues «ahora se encontraba en un país civilizado, donde ⸻ a la gente se la juzga por sus ropas». Aun en nuestros democráticos pueblos de Nueva Inglaterra, la posesión accidental de la riqueza, y su manifestación solo en el vestido y el carruaje, le procuran al poseedor un respeto casi universal. Pero quienes rinden tal respeto, por numerosos que sean, son en gran medida paganos, y necesitan que se les envíe un misionero.
Además, la ropa introdujo la costura, una clase de trabajo que bien se puede calificar de interminable; el vestido de una mujer, al menos, nunca se termina.
Un hombre que al fin ha encontrado algo que hacer no necesitará estrenar un traje para hacerlo; para él servirá el viejo, que ha permanecido polvoriento en el desván durante un tiempo indefinido. Unos zapatos viejos le servirán a un héroe más tiempo de lo que le han servido a su valet —si es que un héroe llega a tener valet—, los pies descalzos son más antiguos que los zapatos, y él puede arreglarse con ellos. Solo aquellos que van a soirées y bailes legislativos deben tener casacas nuevas, casacas para cambiar tan a menudo como el hombre cambia dentro de ellas. Pero si mi chaqueta y mis pantalones, mi sombrero y mis zapatos, son aptos para adorar a Dios en ellos, servirán; ¿no es así?
¿Quién vio jamás sus viejos hábitos —su viejo abrigo, verdaderamente gastado, reducido a sus elementos primitivos, de modo que ya no fuera un acto de caridad donarlo a algún muchacho pobre, para ser donado por este acaso a otro aún más pobre, o deberíamos decir más rico, que pudiera apañárselas con