de barro y dejó descendientes que lo sucedieron. Tampoco eran ricos en bienes terrenales, pues poseían la tierra por mera tolerancia mientras vivían; y allí a menudo el sheriff acudía en vano a cobrar los impuestos y «embargaba una astilla», por mantener las formas, según he leído en sus registros, al no haber ninguna otra cosa sobre la que pudiera echar mano. Un día de pleno verano, mientras escardaba con la azada, un hombre que llevaba una carga de cerámica al mercado detuvo su caballo junto a mi campo y preguntó por el joven Wyman. Mucho tiempo atrás le había comprado un torno de alfarero y quería saber qué había sido de él. Había leído sobre la arcilla y el torno del alfarero en las Escrituras, pero nunca se me había ocurrido que las vasijas que usamos no fueran de aquellas que habían llegado intactas desde aquellos días, o que crecían en los árboles como las calabazas en algún lugar, y me alegró saber que un arte tan moldeable se hubiera practicado jamás en mi vecindario.
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Antiguos habitantes y visitantes de invierno
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