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Economía

nuestra debilidad como a nuestra fuerza. La incesante ansiedad y tensión de algunos es una forma de enfermedad rayana en lo incurable. Estamos hechos para exagerar la importancia del trabajo que hacemos; ¡y, sin embargo, cuánto es lo que no hacemos nosotros! O bien, ¿qué habría sido si hubiésemos enfermado? ¡Qué vigilantes somos! Decididos a no vivir por la fe si podemos evitarlo; todo el día en alerta, por la noche rezamos de mala gana y nos encomendamos a las incertidumbres. Tan a fondo y sinceramente nos vemos obligados a vivir, venerando nuestra vida y negando la posibilidad de cambio. Este es el único camino, decimos; pero hay tantos caminos como radios se puedan trazar desde un mismo centro. Todo cambio es un milagro digno de contemplarse; pero es un milagro que ocurre a cada instante. Confucio dijo: «Saber que sabemos lo que sabemos, y que no sabemos lo que no sabemos, eso es verdadero conocimiento». Cuando un hombre ha reducido un hecho de la imaginación a un hecho para su entendimiento, previstos que a la larga todos los hombres funden sus vidas sobre esa base.

Consideremos por un momento a qué se debe la mayor parte de las tribulaciones y de la ansiedad a las que me he referido, y hasta qué punto es necesario que nos preocupemos, o al menos seamos cautelosos. Sería de alguna ventaja llevar una vida primitiva y fronteriza, aunque en medio de una civilización exterior, aunque sólo sea para aprender cuáles son las necesidades vitales básicas y qué métodos se han empleado para satisfacerlas; o incluso para examinar los antiguos libros de cuentas de los comerciantes, a fin de ver qué era lo que los hombres compraban más comúnmente en las tiendas, qué almacenaban, es decir, cuáles son los víveres más elementales. Pues las mejoras de los siglos apenas han influido en las

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