Su nota habitual era esta risa demoníaca, aunque algo similar a la de un ave acuática; pero de vez en cuando, cuando me había esquivado con más éxito y emergía muy lejos, emitía un aullido sobrenatural y prolongado, probablemente más parecido al de un lobo que al de cualquier pájaro; como cuando una bestia apoya el hocico en el suelo y aúlla deliberadamente. Esto era su «colimbeo»—tal vez el sonido más salvaje que jamás se escuche aquí, que hace resonar los bosques a lo largo y ancho. Llegué a la conclusión de que se reía con burla de mis esfuerzos, confiado en sus propios recursos. Aunque el cielo ya estaba cubierto para entonces, el estanque estaba tan liso que podía ver dónde rompía la superficie cuando no lo oía. Su pecho blanco, la quietud del aire y la tersura del agua jugaban en su contra. Por fin, habiendo emergido a cincuenta varas de distancia, soltó uno de aquellos aullidos prolongados, como si invocara al dios de los colimbos para que lo socorriera, e inmediatamente sopló un viento del este que rizó la superficie y llenó todo el aire de lluvia brumosa, y me quedé impresionado como si fuera la plegaria del colimbo respondida y su dios estuviera enojado conmigo; y así lo dejé mientras desaparecía muy lejos sobre la superficie tumultuosa.
Durante horas, en los días de otoño, observé a los patos virar y cambiar de rumbo con astucia, manteniéndose en el centro del estanque, lejos del cazador; artimañas que tendrán menos necesidad de practicar en los pantanos de Luisiana.
Cuando se veían obligados a levantarse, a veces daban vueltas y más vueltas sobre el estanque a una altura considerable, desde la cual podían divisar fácilmente otros estanques y el río, pareciendo motas negras en el cielo; y, cuando creía que hacía tiempo que se habían marchado hacia allá, descendían en un vuelo inclinado de un cuarto de milla hacia una zona distante que había quedado libre; pero qué otra cosa, además de seguridad, obtenían al navegar por el centro de Walden, no lo sé, a menos que amen sus aguas por la misma razón que yo.