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Economía

algunos de los que leéis este libro no podéis pagar todas las cenas que realmente habéis comido, ni los abrigos y zapatos que se están gastando rápidamente o ya están gastados, y habéis llegado a esta página para pasar un tiempo prestado o robado, robándoles a vuestros acreedores una hora. Es muy evidente cuán mezquinas y ruines son las vidas que muchos de vosotros lleváis, pues mi vista se ha agudizado con la experiencia; siempre al límite, intentando meteros en negocios y intentando salir de deudas, un cenagal muy antiguo, llamado por los latinos aes alienum, el bronce de otro, pues algunas de sus monedas eran de bronce; viviendo aún, y muriendo, y siendo enterrados por el bronce de este otro; prometiendo siempre pagar, prometiendo pagar, mañana, y muriendo hoy, insolventes; buscando congraciaros, conseguir clientela, por cuántos modos, que solo por poco no son delitos dignos de presidio; mintiendo, halagando, votando, contrayéndos en una cáscara de nuez de cortesía o dilatándoos en una atmósfera de generosidad rala y vaporosa, para persuadir a vuestro vecino de que os deje hacer sus zapatos, o su sombrero, o su abrigo, o su carruaje, o importarle sus comestibles; enfermándoos, para ahorrar algo para un día de enfermedad, algo que guardar en un viejo baúl, o en un calcetín tras el enlucido, o, más seguramente, en el banco de ladrillo; no importa dónde, no importa cuánto o cuán poco.

A veces me pregunto si podemos ser tan frívolos, por no decir otra cosa, como para prestar atención a esa forma de servidumbre burda pero un tanto ajena llamada Esclavitud Negra, habiendo tantos amos agudos y sutiles que esclavizan tanto al Norte como al Sur. Es duro tener un mayoral sureño; peor es tener uno norteño; pero lo peor de todo es cuando uno es su propio mayoral. ¡Se habla de una divinidad en

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