Son pocos sus días en la tierra de los vivientes, Hermosa hija de Toscar.”
Algunas de mis horas más gratas fueron durante las largas tormentas de lluvia en la primavera o el otoño, que me confinaban en la casa tanto por la tarde como por la mañana, calmado por su estruendo incesante y su repiquetear; cuando un crepúsculo temprano daba paso a una larga noche en la que muchos pensamientos tenían tiempo de echar raíces y desplegarse. En aquellas impetuosas lluvias del noreste que ponían a prueba las casas del pueblo de tal modo, cuando las sirvientas se apostaban con fregona y cubo en los zaguanes para mantener el diluvio fuera, yo me sentaba tras mi puerta en mi casita, que era todo zaguán, y disfrutaba a fondo de su protección. En un fuerte chaparrón con tormenta eléctrica, un rayo alcanzó a un gran pino alquitranado al otro lado del estanque, haciéndole una ranura espiral muy visible y perfectamente regular de arriba abajo, de una pulgada o más de profundidad, y de cuatro o cinco pulgadas de ancho, como si se ranurara un bastón. Pasé de nuevo junto a él el otro día, y me sobrecogí al mirar hacia arriba y contemplar aquella marca, ahora más nítida que nunca, donde un rayo terrible e irreprimible descendió del cielo inofensivo hace ocho años. Los hombres me dicen con frecuencia: «Supongo que te sentirás solo ahí abajo, y que desearás estar más cerca de la gente, especialmente los días y las noches de lluvia y nieve». Me siento tentado a responderles lo siguiente: Toda esta tierra que habitamos no es más que un punto en el espacio. ¿A qué distancia, creéis, viven los dos habitantes más alejados de aquella estrella, cuya amplitud de disco no puede ser apreciada por nuestros instrumentos? ¿Por qué habría de sentirme solo? ¿No está nuestro planeta en la Vía Láctea? Esto que planteáis no me parece la cuestión más importante.