El impuro no puede ni estar de pie ni sentarse con pureza. Cuando se ataca al reptil por una boca de su madriguera, se asoma por otra. Si queréis ser castos, debéis ser templados. ¿Qué es la castidad? ¿Cómo sabrá un hombre si es casto? No lo sabrá. Hemos oído hablar de esta virtud, pero no sabemos qué es. Hablamos conforme al rumor que hemos oído. Del esfuerzo provienen la sabiduría y la pureza; de la pereza, la ignorancia y la sensualidad. En el estudiante, la sensualidad es un hábito mental indolente. Una persona impura es universalmente perezosa, alguien que se sienta junto a una estufa, sobre quien el sol brilla postrado, que reposa sin estar fatigado. Si queréis evitar la impureza y todos los pecados, trabajad con ahínco, aunque sea en limpiar un establo. La naturaleza es difícil de vencer, pero debe ser vencida. ¿De qué sirve que seáis cristianos, si no sois más puros que los paganos, si no os negáis a nada más, si no sois más religiosos? Conozco muchos sistemas religiosos considerados paganos cuyos preceptos llenan al lector de vergüenza y lo incitan a nuevos empeños, aunque sea para la realización de meros ritos.
Me detengo a decir estas cosas, pero no es por el asunto —no me importa cuán obscenas sean mis palabras—, sino porque no puedo hablar de ellas sin traicionar mi impureza. Disertamos libremente y sin vergüenza sobre una forma de sensualidad y guardamos silencio acerca de otra. Estamos tan degradados que no podemos hablar con sencillez de las funciones necesarias de la naturaleza humana. En épocas anteriores, en algunos países, cada función era mencionada con reverencia y regulada por la ley. Nada era demasiado trivial para el legislador hindú, por muy ofensivo que resulte para el gusto moderno. Él enseña cómo comer, beber, cohabitar, evacuar excrementos y orina, y cosas por el estilo, elevando lo que es mezquino, y no se disculpa falsamente llamando a estas cosas trivialidades.